Con espontaneidad, que resultaba muy donosa, se escaparon de los labios de la Godoy estas palabras:
—María Santísima, ¡qué mujer tan guapa!
Tomando la luz de manos de Cirila, acercóla al hermoso rostro de la mujer de vida libre, el cual, iluminado, resplandeció como sol de belleza dentro de aquel círculo de semblantes vulgares. Desdén y burla, contenida pena y amargura echaba de sus fulmíneos ojos la Tal. De sus labios, ni una sola sílaba... Dejando la luz, doña Isabel lanzó un gran suspiro. Siguió observando.
—¡Gracias á Dios que veo aquí una persona limpia...! Y eso que las manos no están muy lavadas que digamos... Usted es de las que no cuidan más que el palmito...
Bruscamente tomó un tono como de alborozo infantil para exclamar:
—Princesa... no me le dejes morir.
Absortos los presentes, no observaron que sus ojos brillaban como esmeraldas sobre rieles de plata. La Tal seguía muda; mas la expresión de su cara variaba... Casi, casi sonreía.
—La señora es de la familia—dijo Cirila señalando á la Godoy y mirando á Ruiz,—y ya ve usted cómo no hace esos aspavientos.
—Pero la señora—objetó Ruiz,—se ha escapado de un manicomio.
Doña Isabel, perdido ya hasta el último asomo de claro discurso, dió tres vueltas sobre sí misma, y en cada una tocaba el brazo de la Tal, repitiendo: