—No le dejes morir, no le dejes morir.
Aterrado de aquella escena, Arias tomó la mano de la señora para encaminarla á la escalera. La criada quiso también llevársela... Adiós, Isabel Godoy; adiós, pitonisa, burladora del tiempo, émula de la eternidad, cuyos senos mides, cuyos secretos exploras; virgen madre de todos los desatinos; maga, sibila, vestal, momia llena de gracia, archivo de la superstición y sacerdotisa del estropajo. Llévante unos demonios inocentes, infantiles, muy limpios, parecidos á los ángeles, como te pareces tú á una pura ninfa de los tiempos que no volverán.
Al poner el primer pie en el peldaño de la angosta escalera, acompañada de Arias, le dijo al oído, en el tono vulgar de una observación corriente:
—Al pobrecito enfermo le sentará bien la presencia de tan hermosa medicina. Los ojos matan, ¡ay! los ojos también curan... y resucitan. Que la vea... Se pondrá bueno al instante: lo sé, lo leo bien claro en las acepciones de reconciliación, cariño mutuo, castidad.
Bajaba precedida de su sombra, que iba reconociendo los escalones, por si no estaban seguros... Desapareció en la espiral tenebrosa como si se la tragara la tierra.
En el pasillo largo continuaba la escena, cuyos actores eran: Ruiz en el foro de los principios morales; la Tal en el de la pasiva resistencia á los dichos principios; Poleró en segundo término, murmurando:
—No hay cosa más cargante que un moralista que no sabe dónde pone el púlpito.
—Ya, ya se está usted marchando de aquí—decía Ruiz.—No tengo que añadir una palabra más.
Y ella no hacía más que retorcer las puntas de su pañuelo, y estirarlo luego y volverlo á torcer. Cuando el moralista alzaba mucho la voz, los ojos de ella fulguraban desprecio y cólera. Después, cansada de enredar con el pañuelo, se puso una punta de él en la boca, y tirando fuerte se aplastaba el labio inferior, mostrando sus blancos dientes y sus encías rojas.
—Más vale que te vayas—le dijo Cirila.—Así no tendremos cuestiones.