—¡Que traigo una pareja!
—Sosiéguese usted, hombre de Dios.
—¡Que la traigo!...
La Tal tiraba tan fuerte de su pañuelo, que sacó de él una tira con los dientes. Sólo con mirar á Ruiz, sin proferir una palabra, sabe Dios las perrerías que le dijo:
—Vaya, vaya—dijo Poleró empujándola con suavidad y llevándola consigo.—Ahora no puede usted verle... Acábese esto de una vez.
Cirila se retiró, dejando la luz á Ruiz. Cienfuegos alejóse también. La inflexible figura del astrónomo permaneció en medio del pasillo, con la luz en una mano, señalando con la otra la salida y término de aquel luengo conducto. Era la estatua de la moral pública alumbrando el mundo, y expulsando al vicio del cenáculo de las buenas costumbres. La consabida le echó unas tan atroces rociadas de desprecio, todo con el mirar, nada con la palabra, que casi, casi hicieron conmover en su firme asiento á la iracunda estatua, y se fué despacio, con irrisorios alardes de dignidad. Daba pataditas, y en la escalera marcaba los peldaños con cadencia insolente... Abur, espanto de las edades, viruela de los corazones, epidemia social, brújula del Infierno, carril de perdición, vaso de deshonra, rosa mustia, torre de vanidades, hijastra de Eva, tempestad de males, hidra corruptorísima. Carguen contigo los diablos feos y llévente, con tu séquito y corte de pecados, á donde no te volvamos á ver.
V
Á las diez, Alejandro, dando un suspiro, pareció que salía de aquel espasmo congojoso. Cienfuegos y Felipe no se movían de su lado. Poleró y Arias, que entraban y salían de puntillas, en la sala callaban atentos, en la cocina se comunicaban sus tristes impresiones; y Ruiz, satisfecho de sus rasgos de carácter, sintiendo la gloriosa fatiga del que ha trabajado enormemente por la Humanidad, se echó á dormir en el camastro situado en uno de los cuartos obscuros. Cirila había ido á buscar cháchara á la puerta de la casa de Resplandor. Don José Ido, instalado en la cocina, esperaba las órdenes que se le quisieran dar, como salir en busca de los Santos Óleos ó de algún heróico remedio. Rosita se dejaba ver por allí alguna vez, soñolienta, deseando que la mandaran traer algo, ó prestar cualquier servicio. «Hija, ¿por qué no te acuestas?» le decía su padre. La infeliz no perdía ocasión de entrar en el cuarto del moribundo y coger con disimulo cortezas de pan, de las que había sobre la mesa, para comérselas y llevar algo á sus hermanos, acostados ya, pero despiertos, los tres juntos en un desvencijado catre.
Al despertar Alejandro de su pesado sopor, asombróse de ver á Felipe, y le dijo:
—¡Oh!... Flip... Ahora que te veo, comprendo que todo ha sido sueño... Creía estar en mi casa... Me pareció que ví entrar aquí á mi madre, y que me cuidaba... ¿De veras no ha estado aquí mi madre?