—¡Qué cosas se le ocurren! ¿Y para qué ha de venir su mamá si nosotros nos vamos á ir para allá la semana que entra?
—Dices bien... Pero yo, aun despierto, juraría que la ví entrar con su vestido de rayas blancas y negras. También juraría que andaba por aquí mi hermanillo Augusto enredando con un palo largo y un carretoncillo.
—Era Rosita Ido, que entra, como los pájaros, á buscar migas de pan.
—Dale todo lo que haya. Dinero no nos hace falta. Mi madre ha mandado mucho. ¿Sabes que me encuentro ahora muy bien? ¡Respiro con facilidad y me dan ganas de conversación!... Puede que podamos largarnos dentro de dos ó tres días. Á ver, probaré á levantarme. Cógeme por aquí... Y tú, Cienfuegos, por este otro lado. ¡Arriba, guapo!
Entre los dos le levantaron, dió dos pasos, y al instante volvió á caer en el sillón.
—Perfectamente. Aunque no puedo moverme, reconozco que estoy ágil, relativamente... Y no me duelen las piernas cuando las estiro, ni los brazos... Esta tarde he padecido horriblemente. Deseaba morirme, ¡qué disparate! y decía para mí que siendo la vida un suplicio, la muerte es la convalecencia de la vida, y que morir es sanar. ¿Qué te parece, Cienfuegos?
—Que no pienses en eso. Pronto estarás hecho un roble. Duérmete ahora.
—¡Si no tengo sueño, hombre de Dios!—replicó el enfermo, respirando con cierto desahogo, y pronunciando claramente las palabras una á una.—¿Sabes lo que haría yo ahora de buena gana? Pues me pondría á escribir. Siento cierta frescura en el entendimiento. Esta tarde, en aquel padecer horrible, estaba viendo clarita, verso por verso, toda una escena de El Condenado por confiado.
—La escribirás en la Mancha. ¿Tienes sed?
—Ni pizca... ¡Ah! sí. Felipe, dame agua... ¿Con que lo he soñado, ó es cierto que viene mi madre á buscarme?