—Es cierto que viene—manifestó Cienfuegos.—Ya te dije que la espero mañana.
Cienfuegos y Poleró habían puesto un parte á la familia, y esperaban que alguien viniese. Pero al enfermo no habían dicho nada de esto por no alarmarle.
—¿Pusísteis telegrama?
—No, hombre. ¿Á qué venía eso, si tú no tienes gravedad?
Los amigos habían recibido el día anterior una carta de don Pedro Miquis, en la cual decía que él ó su señora irían á Madrid, en caso de recibir aviso telegráfico de la importancia del mal.
—¿De modo que tú crees que vendrá mi madre?...
—Mañana la tendrás aquí.
El gozo que esto le produjo le animó extraordinariamente.
—Ó me engaño mucho, ó sólo con verla entrar creo que me restableceré por completo.
—Como si lo viera... Procura serenarte ahora, y duerme. Voy á ver si se han dormido esos chavales y á echar un cigarro con ellos si están despiertos. (Sale Cienfuegos.)