—Aristóteles.
—Señor...
—¿Estás aquí? No te veo bien.
—Si estoy aquí...—dijo Centeno, acariciándole las manos, que tenía entre las suyas.
—¿Hay luz en el cuarto?
—Sí.
—Me pareció que estaba esto muy obscuro. Pues lo que es mis ojos bien claro ven. Á tí te distingo como un bulto. ¿Sabes una cosa...?
—¿Qué?—preguntó Centeno con ansiedad, notando en la voz de su amo y en su manera de decir un sentimiento y dulzura inexplicables.
—Que me han entrado fuertes deseos de...
—¿De qué?