—Permítame usted, señor de Miquis. Me tomé la libertad de mandar á Felipe por una cajetilla.

Ó bien era Alberique, que decía:

—¡Si fué á traerme tinta china y cerveza...!

Á esta comunidad de los servicios de Felipe correspondía la comunidad del lujoso gabinete de Miquis, pues los huéspedes amigos le tomaron por suyo. Era el casino de la casa, el disputadero, Ateneo, Bolsa, club, salón de conferencias, el Prado y el Conservatorio, porque allí se charlaba, se fumaba, se discutían cosas hondas, se leían los autores sublimes, se contaban aventuras, se escribían versos, se leían cartas de novias, se tiraba al sable, se hacían contratos y se cantaban óperas. Contentísimo estuvo Alejandro algún tiempo en medio de aquel bullicio; pero, al fin, tan larga y fastidiosa era la invasión en su cuarto, que llegó á cansarse. Algunos días se encerraba con llave y se estaba solo largas horas. Poleró y Zalamero, acercándose á la puerta, tocaban suavemente. «¿Cómo va esa escena?» le decían... Desde fuera le oían recitar versos, y daban palmadas, gritando: «¡Bien, bravo; que salga el autor!»

No está de más decir que tanto Poleró como Arias y Sánchez de Guevara se permitían bromas, á veces pesadas, con Felipe; pero éste lo llevaba todo con paciencia. Lo que no parecía era el estudio, ni las prometidas matrículas.

—Tiempo tienes todavía—le decía el bueno de Arias viéndole impaciente.—Á tu edad yo no sabía ni leer. Estás aventajadísimo, y casi, casi eres un pozo de ciencia.

Hacíanle preguntas de Historia Sagrada y profana, de Aritmética y Gramática, para reirse con lo que contestaba. Era, en efecto, divertidísimo oirle.

—Tiene tinturas de todo este Doctor—indicaba Zalamero riendo.—Á poco más estará en disposición de hacer oposiciones á alguna plaza de tintorero.

—Lo que es éste—decía Arias,—va á ser algo.

—Donde ustedes lo ven, éste hará dinero... Formal.