Pero Octubre corría y se pasaba la mejor sazón para sentar plaza de soldado raso en los ejércitos del bachillerato. Cienfuegos y Arias fueron los que un día decidieron á Miquis á matricular á su escudero... Gracias á Dios, ya tenemos á mi señor don Felipe en el Noviciado, metiéndole el diente al latín. La enseñanza primaria era en él tan incompleta como se ha visto; ¿pero qué importaba? Mejor.

Para lo que allí había de aprender, más valía que entrara limpito de toda ciencia, pues que limpito había de salir. Vedle cómo apechuga con su latín y con la abominable Gramática, de la cual maldijéralo Dios si entendía una sola palabra. Al dichoso latín debiera llamársele griego por lo obscuro. Ni él se explicaba para qué servía, ni á qué cuento venía en el problema de su educación. Y confuso, lleno de dudas, osaba, en su rudeza, protestar contra la mal enseñada y peor aprendida jerga, diciendo:

—Yo quiero que me enseñen cosas, no esto.

¡Cómo se reían sus amos con estos disparates! Pero él se esforzaría en cumplir sus deberes académicos, aprendiéndose de memoria el traqueteo de sílabas que componen la declinación, y pensaba así:

—Vamos á ver en qué para esto.

Apenas le dejaba Virginia el vagar necesario para ir diariamente tres horas al Instituto. Estudiaba un poco por las noches, pero de muy mala gana, porque francamente... Vamos, que se le indigestaba el latín... Era un narcótico... Le bastaba coger el libro para caerse de sueño.

Como Alejandro, desde que era rico, entraba á hora avanzadísima de la noche, Felipe pasaba el tiempo durmiéndose en una silla, ó visitando y acompañando á los amigos de su amo en sus respectivos aposentos. Cuando estaban en el café, gozaba el Doctor lo indecible yendo de cuarto en cuarto y examinando y registrando libros y apuntes de clase. Los libros de Sánchez de Guevara le producían pasmo, mareo, vértigo. Ver sus páginas era como asomarse á insondable y misterioso abismo. ¡Re... contra! ¿qué querían decir aquellas letras separadas por palitos, comas y tanto rabillo por acá y por allá? Luego había unos números montados sobre otros números, y letritas chicas por arriba, encima de palitroques que parecían grúas. Él miraba, miraba, volvía páginas, y luego observaba los apuntes que el cadete hacía con lápiz, en los cuales había los mismos signos, la propia mezcolanza de guarismos y letras. A, palito, B; y todo por el estilo. ¿Y aquello era la matemática? ¿Y para qué servía la matemática? Felipe alargaba el hocico husmeando el aire... ¡Vaya con Dios! ¿para qué ha de servir, recontra-córcholis, sino para saber todo lo que se sabe?

Pasaba luego al cuarto de Cienfuegos, y de todos los libros que sobre la mesa había, se iba derecho á uno lleno de láminas; ¡pero qué láminas! Inspiraban á Felipe una especie de horror sagrado y curiosidad febril. ¡Ave María Purísima! Allí había vientres abiertos, tripas sanguinolentas, cráneos levantados como se levanta la tapa de una fosforera. Era algo como lo que cuelga en los ganchos de las carnecerías... Con el alma en los ojos, Felipe leía los letreritos... Páncreas... estómago... Más adelante: bronquios. «Sopla, pues esto es los gofes.» Músculo ciático. Y se tentaba el cuerpo diciendo: «Aquí está. Estas figuras son lo propio de nuestro cuerpo.» Se pasaba allí las horas muertas, absorto, hasta que entraba Cienfuegos y le sorprendía: se enfadaba un poco; pero desenojándose pronto, decíale:

—Ve á ver si Guevara tiene cigarrillos.

Los libros de don Basilio no ofrecían maldito interés, y Felipe les habría arrojado al fuego si le dejaran. La Deuda del Tesoro y el déficit. Este folletito estaba encima de un voluminoso libro. ¿Á ver? Presupuestos de 1862-63... ¡Vaya unas papas! El señor de los prismas no tenía en su cuarto más que un Calendario del Zaragozano y una novela de á peseta, cuya mugrienta cubierta estaba llena de redondeles de sebo, señal de que Montes apagaba la luz con el libro. Muchos volúmenes y apuntes tenía Zalamero; pero ¡qué cosas tan insulsas! Nunca pudo Felipe sacar substancia de aquello. La Cuarta Falcidia... Los Testamentos. ¿Qué le importaban á él los testamentos?... La mesa de su amo contenía revuelta colección de obras diferentes; pero había sin fin de libracos en francés... ¿Á ver? Balzac, Scribe... ¿De qué trataría aquello? Le pe... re Gori... Gori... Memo... moires, memorias de Deux jeunes... de Diógenes querría decir... El demonio que lo entendiera. Centeno no acertaba á comprender para qué leía su amo aquellas tonterías... Don Víctor Hugo... Ruy Blas... esto sí era claro. Schiller... Don Carlos... también clarito. Seguían muchas comedias ó dramas en verso castellano. Aquello ya era más claro. Leía mi Doctor las primeras escenas; pero luego se cansaba, porque, á su parecer, todas decían lo mismo.