Centeno le dió sin vacilar lo que deseaba. Partió el pendolista un pedazo para darlo á su hija, y el resto destinólo á los chicos, no sin coger para sí un bocado que se comió con muchísima gana.

—Yo no me acuesto esta noche. Pienso que he de hacer falta. Y además, ¿para qué dormir? ¿para soñar que soy director de un colegio y luego despertar lleno de desconsuelo y amarguras? Mejor es velar, velar...

Poleró entró en la cocina diciendo:

—Parece mentira... Está despejadísimo; pero cree Cienfuegos que durará pocas horas... Felipe, te llama.

Cuando Centeno entró, su amo callaba. De pronto murmuró estas palabras:

—Que me dejen solo con Felipe.

Arias salió; pero Cienfuegos quedóse oculto tras el sillón.

—Aristóteles...

—Aquí estoy.

—Ponte más cerca.