Felipe hizo reclinatorio de las rodillas de su amo.
—Así... Ahora siento una languidez, un sueño... No me duele nada. Parece que me voy á dormir, y que estaré durmiendo días y días. Ya es tiempo, porque estoy fatigadísimo con tanta mala noche como he pasado. Un encargo te voy á hacer. ¿Lo cumplirás?
—Pues ya...
—Cuidado, Felipe, cómo te descuidas... Si me duermo esta noche, y mañana sigo durmiendo con ese sueño pesado, con ese sueño profundísimo que siento venir, ¿entiendes?... en cuanto llegue mi madre, me despiertas. Me llamas, y si no te respondo, me sacudes el cuerpo bien sacudido...
—Descuide usted,—dijo Felipe con el corazón traspasado.
—En tí confío, Aristóteles... y así podré dormirme tranquilo... Aunque si mi madre llega, creo que el corazón, saltando, me despertará por muy dormido que esté.
Dejó caer los párpados... Murmullo lento y hondo salía de sus entreabiertos labios. Cienfuegos se adelantó para observarle de cerca. Como el desmemoriado que retrocede, se agitó Alejandro, abrió los ojos...
—Aristo...
—Señor.
—Hace tiempo que pensaba preguntarte una cosa, y esta maldita memoria mía... Se me escapan las ideas... Dime si en estos últimos días ha venido á verme...