Felipe, comprendiendo al instante, creyó oportuno consolarle en aquella ocasión...

—Ya lo creo que ha venido, sí, señor... Sólo que no hemos querido dejar entrar á nadie... Como estaba usted durmiendo...

—Ha venido...—balbució Miquis, y en aquel mismo instante apareció tan descompuesto su rostro, que Cienfuegos y Felipe se espantaron. Era otro, era un muerto.

—Sí, señor—dijo Felipe, hablando junto al oído de su amo;—ha venido... siempre tan... cariñosa... Llorando por no poder verle, y diciendo que...

—Cállate,—dijo bruscamente Cienfuegos.

Pasó un rato. De repente oyóse otra vez:

—Aristo...

—Señor...

—Duermo... ¡qué sueño!... Despiértame mañana, que quiero hacer una cosa...

—¿Qué?