Aristóteles.—(Dando un gran suspiro.) No encontraré otro amo como el que se me ha muerto, señor don José... Hombre de mejores entrañas no creo haya nacido. Era tan bueno, tan bueno, que no hacía más que disparates. Yo no sé qué pensar... Si los buenos son así...

Ido.—(Con agudeza filosófica.) Es que, según dice un libro que leí anoche, no debemos ser buenos, buenos, buenos, sino buenos á secas, con algo que tire á lo mediano, y cierto ten con ten de bondad y picardía.

Aristo.—Yo creo que si mi amo no hubiera sido tan... tan... Poleró le llamaba el goloso de las damas, y Arias decía que había hecho voto de... de lo contrario de castidad... Pues creo que si mi amo no hubiera tenido esta falta, habría sido santo... ¿No lo cree usted...?

Ido.—(Con penetración, que es forzoso atribuir á que algún espíritu le sopla lo que dice, ó á que se ha encarnado en él, por milagroso modo, la misma sabiduría.) Todos, todos los humanos, si no fuéramos lo que somos, seríamos santos; es decir, que si no tuviéramos esta maldita carne mortal, por la cual somos hombres, seríamos ángeles... Estamos encarnados en nuestras flaquezas, y de ellas recibimos nuestro ser visible. Por esto se dice: «somos fragilidad y podredumbre.» De ellas se derivan todos nuestros males, y ellas mismas son penitencia á la par que son pecados.

Aristo.—Bien lo ha pagado él, ¡pobrecito! La suerte que se consolaba con sus dramas y con las cosas bonitas que estaba siempre sacando de su cabeza. Decía Sánchez de Guevara que mi amo era un hombre en verso, y yo creo lo mismo. Todo en él era verso, todo música. Mi amo sonaba, sí, sonaba como las panderetas.

Ido.—(Grave, solemne, emulando á Confucio y á los profetas.) Mal terrible es ser hombre-poema en esta edad prosáica. El mundo elimina y echa de sí á los que no le sirven. Nada es tan funesto como la vocación de ruiseñor en una familia de castores.

Aristo.—Ya, ya pagó bien mi amo su falta. El verso no le valió de nada más que de consuelo y distracción. No tuvo un solo día de tranquilidad... siempre pobre... Perdió la salud y la vida. ¡Maldita tisis! Yo me consumía la sangre, viendo que todo el dinero que tenía se lo arrebataban... Entre las dos Tales le pelaron: la una se llevaba todo el dinero; la otra toda la ropa...

Ido.—(Enternecido.) Sí, sí: triste cosa es que á un joven de tales prendas, hijo de padres ricos, hubiera que amortajarle con ropa de los amigos. Y no lo digo por vanagloriarme de la parte que tuve en esta obra de caridad, pues sólo dí la corbata negra, que no vale un ochavo, y aún me quedó esta otra cinta obscura y algo deshilachada que me puse, para venir dignamente al entierro.

Aristo.—(Afligidísimo.) ¡Ay! usted no sabe, don José, lo que pasó. Si se lo cuento, se horrorizará, porque ello es tan infame que parece mentira. Pero es verdad, es verdad, como Dios que nos está mirando.

Ido.—(Desperezándose.) Cuenta, hombre, cuenta esos horrores, que francamente, naturalmente, este viaje es harto pesado, y con el fuerte calor no sabe uno cómo ponerse, ni á dónde echar piernas y brazos, ni de qué modo entretener el tiempo.