—¡Arre!—murmuraba Felipe empujándole hacia el gabinete matrimonial.
Abrían la puerta, le empujaban dentro y... buenas noches.
—¿Pero ese Miquis no viene todavía? Es la una.
—¡Pobre Alejandro! Ya sé dónde está. Nada, nada: se lo beben, se lo sorben...
—Acabará mal.
Y quebrando el diálogo, subdividiéndolo hasta llegar á frases y palabras sueltas pronunciadas en éste ó el otro cuarto, se iban retirando, cada cual al suyo. Uno se acostaba y seguía leyendo; otro, después de cumplir con las matemáticas, hacía rezos de Balzac y se encomendaba á Víctor Hugo; todos tenían aficiones literarias. Por último, reinaba el silencio del sueño en la casa, y muy tarde, sobre las dos ó las tres, entraba Alejandro. Sus primeras palabras eran siempre: «Felipe, acuéstate.»
Y él permanecía en vela, leyendo ó escribiendo. Se acostaba de día, y casi nunca se levantaba antes de las cuatro. La hora de sus trabajos era la madrugada, hora febril, hora de caldeamiento cerebral y de emancipación del espíritu. Dormíase Felipe en el sofá, y á lo mejor despertaba asustado oyendo á su amo declamar...
Vive Dios, que es tal hazaña
digna de un Téllez Girón...
Como ecos, repercutían en su cerebro las rimas de la redondilla: galardón... España. Y volvía á dormirse para despertar de nuevo alarmado con estos gritos: