Levantábase Alejandro muy tarde, cada día más tarde; sentía, al despertar, un embrutecimiento invencible. La pereza le dominaba y no podía vencerla. Su cuerpo era de plomo... Felipe iba á clase, si había tiempo, generalmente sin saber palotada de la lección, y á su regreso, ya doña Virginia le tenía preparadas diversas faenas. Como pudiera no hacía nada, y se metía en el cuarto de su amo á arreglar la desordenada mesa y limpiar un poco. Andaba de puntillas, por no despertar á Miquis, y movía con mucho cuidado los muebles. Si el drama había quedado en la mesa, cogía uno á uno los cuadernos y les quitaba el polvo con su mano con un respeto tal, que no lo empleara mayor el cura para coger la Hostia consagrada. Á veces aventurábase á leer un poquito, con cuidado, se entiende, por ver en qué paraba tal ó cual lance que su amo en la lectura había dejado á la mitad. Después ponía los cuadernos uno sobre otro, á un lado, muy bien colocaditos por orden de actos; los libros á otra parte, el tintero en medio, las plumas en su sitio; en fin, todo como Dios mandaba.

Los malignos huéspedes, que se enteraron de que leía Miquis al criado sus composiciones, hicieron la burla que puede imaginarse. Uno de ellos dijo á Felipe con mucha sorna:

—¿Y qué opina del drama el Doctor Centeno, hombre inteligente?

El muchacho se ruborizaba y no respondía nada. Pero en su fuero interno, decía con rabia: «¡Valiente ganso estás tú!... Mejor te pusieras á estudiar...»

Para Felipe, las obras más perfectas, las creaciones más sublimes del humano entendimiento, en lo antiguo y en lo moderno, eran las de su amo.

VI

El hidalguete manchego, cuya primera hazaña fué arrancar á la historia la figura de El Grande Osuna para vaciarla en un molde dramático, estaba cada día más triste, por motivos que no eran de arte. Á medida que iba gastando lo que le diera su tía, más se aplanaba su ánimo, y no por la idea de que el tesoro se acabase, sino por los remordimientos que el gastarlo tan sin substancia le causaba. Pasado algún tiempo desde la famosa noche de la calle del Almendro, parecía que se enfriaba su caldeado cerebro, permitiéndole ver la verdad de aquel caso peregrino. Su tiíta estaba loca, y él, recibidos los dineros, debió ponerlos á disposición de su padre. No lo había hecho, por afán de satisfacer gustos y deseos irresistibles de la niñez y de la juventud... Había dispuesto de lo que casi no era suyo, de un caudal venido á sus manos por caminos torcidos... Pero el hervor de su sangre y el iluminismo de su mente habían podido más que su conciencia. Poseer dinero era para él como la razón del vivir, como la florescencia, el fruto y flor de la vida. Carecer de ello se asemejaba á un árbol que tiene raíces, leña y hojas; pero nunca se viste de flores ni se engalana de fruto alguno. ¡Disponer, pues, de aquella savia social y no nutrirse de ella, no cubrirse de la hermosa gala de la vida, pudiendo hacerlo; no dar á los labios el auténtico sabor de humanidad, teniéndolo tan á la mano...! ¡Oh! esto era superior á su conciencia de hombre, á su respeto de hijo. En el estado actual del mundo, la vida sin moneda es una vida teórica, un mecanismo fisiológico, que hace de los hombres muñecos para divertir á los verdaderos hombres, á los que están provistos de aquel Jugo vital. Hemos de remontarnos á la época del pastoreo para imaginar al hombre indiferente á las ideas de tuyo y mío, y considerarlo como tal hombre á pesar de la mutilación de esa víscera que se llama bolsillo. Esto pensaba Miquis, y añadía Cienfuegos que no era mutilación la voz propia, sino que aquella entraña estuvo mucho tiempo en forma rudimentaria, y así siguió hasta que el uso hizo de un elemento orgánico un verdadero órgano.

¡Pobre Miquis, qué cosas pensaba para disculparse á sí mismo y atenuar la falta que le atormentaba! Y derretía de lo lindo el dinero más en el prójimo que en sí mismo. Era en esto secuaz ardiente del Evangelio. Desde que un amigo se veía en apuro, lo que pasaba un día sí y otro no, ya le faltaba tiempo á Miquis para volar á socorrerle. Muchos ¡tales traiciones tiene la amistad! fingían penurias para sacarle dinero y gastarlo en francachelas. En la cómoda tenía los billetes, y conforme iba necesitando jugo, iba sacando de aquel depósito, sin enterarse de lo que salía ni de lo que daba.

Porque Miquis, dirémoslo claro, era refractario á la cantidad. Así como el aceite sobrenada en el agua sin penetrar jamás en ella, así la idea de cantidad flotaba sobre el espíritu de Alejandro, saturado de poesía, de ideales. Si teóricamente distinguía bien la idea de 100 de la de 10, en el tráfago del vivir, cuando aquellas cifras eran cosa monetaria, venían á resultar indistintas, cual los tamaños y forma de las nubes. ¡Ay, cómo resbalan en vuestras rosadas manos, ¡oh Musas locas! estos pedazos de papel, hechura de los modernos Bancos, y que llevan impresos, como signo de andar á prisa, los alados borceguíes de vuestro hermanito Mercurio!

Porque habíais de ver al célebre manchego entrando en una y otra tienda para comprar cosas que, á su parecer, necesitaba, y metiéndose en las librerías para adquirir todo lo nuevo y bonito, obras de lujo que maldita falta le hacían, y que vistas una vez no servían para nada. En los puestos de libros dejó también puñados de dinero, porque no había autor clásico ó romántico, español ó extranjero, que él no quisiera poseer. Para enterarse bien de todo lo que compraba, necesitaría la vida eterna.