Pero la mayor parte de sus caudales no tomaban el camino de las librerías. Iban presurosos hacia otra parte, llevados por magnética ó nerviosa corriente... ¡Pobre Alejandro! Sus compañeros de casa conocían bien el género de vida que llevaba, y los unos con interés y lástima, los otros con desdén y mofa, hacían comentarios mil y tristísimos augurios.

—Es un perdido. ¡Lástima de talento!... Corazón demasiado grande y jamás harto de sensaciones... ¡Pobre Alejandro! Se consume en su propio fuego.

—Es un tontaina... Cualquiera le engaña... Pero de ésta las pagará todas juntas, porque me parece que se lo sorben.

El bondadoso Zalamero le disculpaba diciendo: «Se detendrá á tiempo.» Poleró le zahería, Arias y Guevara le desollaban. El informal Cienfuegos afectaba un interés fraternal por Alejandro, y lo expresaba así: «Le voy á coger de una oreja y á sujetarle... ¡Vicioso! Yo le quiero mucho: impediré que corra al abismo... Verán, verán ustedes...» Pero con tanto hablar no hacía nada, y era el primero que, á solas con él, disculpaba sus errores.

Por su parte, Miquis se mostraba cada vez más esquivo con sus compañeros. No iba de tertulia al cuarto de ninguno de ellos; había cerrado el suyo á las reuniones tumultuosas de las tardes, y muchos días faltaba á comer, lo que ponía en gran confusión y sobresalto al ama de la casa.

—Este don Dulcineo del Toboso arruinará á su padre—decía.—No estudia, y gasta el dinero que es un primor. ¡Pobre padre!

Más de una vez, cuando le pillaba solo y en buena ocasión, se permitía sermonearle cariñosa. Era buena Virginia y gustaba de hacer de madre con los huéspedes.

—Pero don Alejandro... está usted muy echadito á perder. Su papá haciendo tanto sacrificio, y usted aquí gastándole el dinero, y lo que, es peor, sin estudiar... Porque dicen que no coge un libro de los de clase, y es lástima... Dice don Basilio que usted es el de más talento que hay en la casa. ¿Y de qué le sirve? Porque eso de las comedias... desengáñese usted, niño: eso no da de comer... Y, sobre todo, no sea usted perdido, no gaste su salud. En Madrid hay mucha perdición. ¡Pobres chicos, y cómo caen en las trampas que les arman por ahí! ¡Qué bribonadas! Crea usted que me pongo furiosa. ¡Cuándo habrá un Gobierno, Señor, un Gobierno que haga una buena limpia de gentuza, echando una red en que ningún pájaro se escape...! Los padres lo agradecerían. Anoche estábamos hablando de esto, y el señor Caña dijo que tengo razón... Con que, don Dulcineo, no sea malo. ¿Se va usted á enmendar? ¿Me lo promete usted?... Dice que sí, y después como si tal cosa... Á ver, sea usted franco conmigo: ¿qué gusto encuentra en ser malo? ¿No se cansa, no se aburre?... Porque á otros engañará usted, haciéndose pasar por un santito; pero á mí no. Á ver, dígame, confiese, tenga conmigo franqueza... yo no lo he de decir á nadie. ¿En dónde se pasa las noches? ¿Por qué viene á casa á las tantas de la mañana? ¡Ah! Si fuera usted hijo mío, á bofetones de cuello vuelto le enderezaba.

Atendía sonriendo el estudiante á estas razones, y parecía conforme con ellas. Sin duda había en su alma propósitos de enmienda... Y en prueba de ello, viósele algunos días bastante corregido: entraba temprano, iba á clase; pero lentamente á las andadas volvía y á su vida miserable.

Su capital mermaba rápidamente, creciendo en igual grado sus remordimientos. Cuando pensaba en la ira de su padre, entrábanle congojas. Era don Pedro Miquis de carácter violento, y como llegara á entender el uso que había hecho su hijo del dinero recibido de una loca, bueno se pondría. Falta grave, delito más bien, había cometido Alejandro. Con ninguna argucia podía disculparse ni acallar su conciencia; y cuando el dinero se acababa, cuando anunciadas por síntomas lúgubres volvían las escaseces, iba faltando ya el atenuador de los remordimientos, que era el dinero mismo y los goces que proporcionaba.