Una carta de su padre le puso en gran zozobra. «Me han asegurado—le decía,—que te estás dando vida de príncipe. Haz el favor de explicarme esto.» Cobarde para afrontar la verdad, negó, y á poco le escribía su padre: «Trata de averiguar con buenos modos si la tiíta ha realizado una cierta cantidad de juros, etc.. Es lástima que intereses de cuantía estén en manos de una demente...»

Para ahogar la pena que esto le causaba, érale preciso engolfarse en el arte, sumergirse en sus ondas purísimas y engañar la imaginación con soñados triunfos y delicias. Como otros lo están de vanidad, estaba él hinchado de optimismo. El Grande Osuna se representaría en aquella temporada. Dudar esto era como no ver la luz del sol. Teníalo Alejandro por tan seguro como si viera la obra en los carteles. ¿Y qué más? Siempre que leía un periódico, se asombraba de que las gacetillas no anunciaran ya el estreno, y deploraba lo mal montado que está el servicio de noticias teatrales. Siempre que sonaba la campanilla de la casa salía presuroso, creyendo que venía recado del empresario llamándole. El curso de uno y otro día sin cartas, sin gacetilla, sin recado, no le quitaba su dulce ilusión... Sentía lástima de los que no eran autores de El Grande Osuna, y de Madrid por lo mucho que tardaba en gozarlo.

Pues bien: representada la obra, había de tener éxito colosal. Esto era como el Evangelio. Le daría mucho, muchísimo dinero... Con este capital tendría lo bastante para reintegrar á su padre el dinero de la loca... ¡Hermoso plan! y podría hacerlo sin que su padre se enterase de nada. ¡Vaya una cartita que le pondría! «Mi querido papá: ayer me entregó la tiíta diez y seis mil doscientos doce reales... etc. Usted me dirá cómo se los envío, ó si los entrego á...» Lo más bonito era que después de este rasgo de honradez y respeto filial, aún le había de quedar abundante moneda para seguir divirtiéndose... ¡Y luego...! Tenía ya pensada otra obra que al teatro llevaría en cuanto se representara El Grande Osuna... ¡Vaya una obrita! Se había de llamar El condenado por confiado, y era cosa sublime: un señor de horca y cuchillo que se hacía fraile, y después de hecho fraile se enamoraba de una monja... En fin, había tela, y honda materia dramática, religiosa y hasta filosófica... Con los inefables placeres mentales de la gestación se consolaba el infeliz de sus dolores morales y físicos.

Físicos, sí, porque empezaba á padecer cruelmente de una como debilidad general con desvanecimientos de cabeza. La tos penosísima le quitaba el sueño; no apetecía más que golosinas, y se alimentaba con caramelos, café y fruta. Para que la depravación de su paladar fuera completa, hasta llegó á aceptar invitaciones de su tía, y se hartaba de gachas, cañamones, y bebía tazones de salvia. Por grandes que fueran sus sufrimientos, nunca tuvo aprensión ni miedo á la muerte. Su optimismo le llevaba hasta creerse poco menos que exento del fuero de la Parca; y el hábito de mirar cara á cara la inmortalidad, inspirábale confianza en su existencia carnal, y con la confianza el deseo de comprometerla á cada instante. Por esto dijo tantas veces: «La pulmonía que á mí me ha de matar no se ha fundido aún.»

VII

La tertulia que se había formado en el gabinete de Alejandro, pasó, á causa de los desvíos de éste, al cuarto de Arias Ortiz. Este era muy devoto de Balzac, lo tenía casi completo, y á los personajes de la Comedia humana conocía como si los hubiera tratado. Rastignac, el barón Nucingen, Ronquerolles, Vautrin, Adjuda Pinto, Grandet, Gobseck, Chabert, el primo Pons y los demás, éranle tan familiares como sus amigos. Locamente aficionado á la música, era el más inteligente de todos en este arte. Como la reunión era en su cuarto, decía que daba té y que se quedaba en casa. Era un salón literario y artístico. La parte de concierto corría á cargo del mismo Arias, que tenía prodigiosa memoria musical.

Formóse, pues, una sociedad comanditaria para tomar café mañana y tarde. Poleró había trazado un plan, ¡oh grandeza de los principios económicos! y resultaba que haciendo el café en una maquinilla, salía á cuatro cuartos por barba y taza. Además, era mejor que el del café. Por las noches, á primera hora, aquello era una Babel. Poca gracia le hacían á doña Virginia los planes económicos de Poleró, por el gran estrépito que de ellos resultaba; y Alberique, que en casos tales la echaba muy de bravo, decía que les iba á tirar á todos por el balcón. Una noche que daba gritos en el comedor, salió Poleró del cuarto y con serenidad burlona le dijo:

—Señor Alberique... Parece que está usted incomodado, y que me ha nombrado usted... Repítalo delante de mí, porque quiero enterarme.

Amedrentado el berberisco, respondió con gruñido de lisonja:

—Nada, señor Poleró... sostenía que tiene usted mucho talento.