—Un momento más,—le decían, deteniéndole casi á la fuerza.
—Si ustedes, ¡oh! me permitieran retirarme...—respondía él con timidez.—Apenas he empezado mi tarea...
Por fin le soltaron. Una comisión había de acompañarle hasta su domicilio. Todo se hizo con aparato y cortesana pompa. Cuando el infeliz se encerró de nuevo, viérais á Poleró entrar en el cuarto tapándose la boca para contener la risa. Se tiró en una cama, porque su hilarilad y los esfuerzos que hacía para sofocarla y no meter ruido, le daban convulsiones...
—¿Pero qué, pero qué es...?
—No podéis figuraros.
—¿Qué cartas son esas?
—La locura más graciosa que se puede hallar.
—¿Quién le escribe? ¿Á quién escribe?
—¡Si no lo hubiera visto...!
—¿Á la Reina?