—Sí: de la Dirección le echaron por loco—indicó Zalamero.—Ahora recuerdo: empezaron á notar rarezas en sus informes, y extrañísimas teorías traducidas del alemán. Por tales ideas estrambóticas, tuvo el Director un gran disgusto con el Arzobispo de Toledo.

—¿Con que se le da el bromazo?

—¿Cómo? ¡Ah! ya... escribiéndole una carta firmada por él mismo.

—Eso, eso...—clamó Poleró.—Á ver quién imita su letra. Le he quitado una carta.

—Venga—manifestó Cienfuegos, que se creía con aptitud para el caso.—Yo la imitaré.

—Que ponga Miquis el borrador. Entérate, Alejandro, de las tonterías que dice, y no omitas las interjecciones.

—Mañana... Es preciso sustraerle un poco de esta hermosa tinta violada que usa... Felipe, mañana, cuando limpie la chica el cuarto, entras á ayudar, y...

—Convenido: ¡qué lance!...

—Señores, las diez...—gritó Sánchez de Guevara, blandiendo el espadín.—Es hora de estudiar. Se levanta la broma.

—Hasta mañana.