Este tono grave no lo empleaba en todas sus cartas; las escribía también familiares, como la muestra:
«Querido Jesús: Por la tuya del 7 veo lo atareado que estás en esa oficina de la Educación Completa, establecida en el séptimo cielo, círculo tercero á mano derecha. ¡Pobrecito, tener que contestar tanta carta, venida de remotos países...! Veo que los amigos Frœbel y Pestalozzi no te ayudan nada. ¡Qué pícaros!
La familia buena. Estamos ensayando en los niños tu sistema de educación recreativa, ¡oh! que forma parte de la completa. Esto de enseñarles jugando es invención, como tuya, donosísima. Hemos tirado á la basura todos los librotes indigestos que los chicos tenían, y en su lugar les hemos dado herramientas de fácil manejo, lápices y colores, cartón para hacer casitas, y otras menudencias dispuestas conforme á lo que mandas.
Sofía está otra vez en estado interesante y muy avanzada... ¡Cómo ha de ser!... Mi sabiduría me da un hijo cada año. Venga, y le educaremos jugando. Nos harán falta pronto tus ideas sobre la lactancia. Escríbenos sin dilación, que quizás mañana empecemos á necesitar tus teorías lactatorias, ¿qué digo, mañana? ahora mismo... me avisan que Sofía... ¡ah! ¡oh! no puedo seguir; adiós.—Jesús.»
Aquella noche, como dije, despachaba tranquilamente Delgado su correspondencia, cuando de pronto, al abrir una de las cartas y leerla, se quedó turbado, frío, y empezó á hacer tales visajes y contorsiones, que la cara se le desbarataba, cual si quisiera protestar de las leyes anatómicas; á leer volvía, no dando crédito á sus ojos, y saltaba en el duro asiento. Sin duda le acometió el mal de San Vito. Levantóse, dió varios paseos, leyó de nuevo... ¿Qué carta era aquélla que tanto le trastornaba? ¡Su letra! ¡su tinta! ¡Eran el encabezamiento y firma como los de todas las suyas!
Leída por séptima vez, vió que decía:
«Señor don Jesús Delgado.
Mi distinguido amigo: El contenido de su gratísima del 2 de Noviembre, en que se manifiesta desesperanzado del éxito de su grandioso plan de Educación Completa, me ha producido ¡oh! dolorosa impresión. Pues qué, varón insigne, filósofo eximio, genio sin segundo, ¿será posible que desmaye usted cuando llega el momento de dar cima á su alta empresa y coronar con triunfo y galardón admirables sus gloriosísimos, sus inmortales estudios? No, amigo: hemos llegado á la cima, hemos escrito el omega, y la frente del santo reformador, del Jesús, del Cristo de la Educación, aparecerá coronada de las estrellas de la práctica en el trono refulgente de la realidad.
Usted, mi sabio amigo, engolfado en el tumultuoso piélago de las cartas que de apartadas regiones, playas y continentes le dirigen, no ha apreciado el veloz paso del tiempo. ¡Han transcurrido veinte años sin que usted se dé cuenta de ello! Ya no existen aquellos rutinarios moldes que se oponían á la Educación Completa. Todo ha variado, egregio hierofante: la sociedad ha vencido su letal modorra, y despabiladísima aguarda las ideas del legislador de la enseñanza. En este lapso de tiempo, ¿no sabe usted que ha sido derrocado el trono secular, y con él han desaparecido las prácticas añosas y las ideas rancias? Cual generosa espada cubierta de orín, que en un momento es limpiada y recobra su hermosura, temple y brillo, así la nación se ha limpiado su mugre. Nuevas instituciones tenemos ya, ¡oh! y nuevos caracteres y principios. La hora de que el gran reformador salga de su escondite y manifieste al mundo atónito sus planes, ha llegado, señor don Jesús. ¡Viva el Mesías de la Educación Completa, base de la Completa Vida!
Con ferviente entusiasmo le saluda y abraza su afectísimo—Jesús Delgado.»
Mientras más el infeliz leía, mayor era su desasosiego. Estaba el pobre como fuera de sí, con grandísima zozobra en su alma. Pero mucho más se alteró cuando, al fijarse en la fecha de la carta, vió que claramente decía: «8 de Noviembre de 1883...» Se le erizaba el cabello mirando estos guarismos. Tal efecto le hicieron, que sus nervios se desataron en vibración loca, y empezando por dar vueltas en la habitación, luego salió disparado al pasillo.
Julián, ¡cosa extraña y rara vez acontecida! ladraba tras él... ¡Pero cómo ladraba el bueno de Capadocia! Era el canino lenguaje un aullar lastimero que más tenía de exhortación de amigo que de amenazas de guardián. Asustado del ruido salió don Basilio, y con cariño puso la mano en el hombro del eautepistológrafos, y le dijo:
—¿Qué le pasa al buen amigo? El tiempo Sur es malo, ¿eh?
Pero Delgado se metió bruscamente en su cuarto, sin responder nada al de la Caña, lo que sorprendió mucho á éste, por ser don Jesús la misma cortesía. Bernardina salió también, y entre los dos hicieron callar á Julián.
—¡Este maldito tiempo Sur...!—repetía don Basilio, acompañando á la Bernardina hasta el comedor; sentándose á su lado.