—Esta noche le da fuerte, ¿dice que es el viento? Hasta Julián se encalabrina...—observó la moza; y don Basilio, recreándose en contemplar los torneados brazos de ella, repetía:
—Este maldito viento Sur no sé lo que tiene. También á mí me pone la cabeza... y los nervios... no sé cómo.
IX
Al siguiente día, doña Virginia, malhumorada con los huéspedes, les hablaba así:
—¡Alguna picardía me le han hecho ustedes á ese bendito don Jesús! Como yo lo descubra, van todos á la calle. Cuidado con echármele á perder, que él con nadie se mete, y es el hombre más calladito, más respetuoso que se puede ver... ¡Ay de aquél que me le trastorne con bromas pesadas!... Me parece que voy á dar azotes... Porque si yo tuviera muchos huéspedes como don Jesús, no quería más. Él no dice esta boca es mía; jamás me ha roto un plato; no alborota, ni es tragón... Todos los meses viene un señor de la familia y me pregunta: «¿cómo está? ¿sigue pacífico?» y yo le digo: «está como un ángel, y de buen color...» El encargado abre una miajita de la puerta para verle... Siempre en su faena de las cartas, ¡pobre ángel!... Después me paga el hospedaje en bonitos napoleones, y hasta otro mes...
Estas exhortaciones de la hermosa Virginia no hacían efecto. Los muy tunos idearon otra broma aquella misma noche (que fué la del lunes), y al punto la pusieron por obra. Escribieron al eautepistológrafos una carta con su imitada letra y tinta; pero para confundirle más, la firmaron así:
Su afectísimo amigo y capellán,—Julián de Capadocia.
Y dando las señas de la casa, rogaban al señor don Jesús pronta contestación á un difícil punto que el firmante se permitía someter al elevado criterio de nuestro reformador pacífico. Pasaron dos días, y la contestación no llegaba. Pero una tarde, hallándose todos en casa en expectativa de la anhelada respuesta, llamó el cartero del interior, el cual, después de entregar la diaria remesa de don Jesús, enseñó otra carta, diciendo:
—¿Don Julián de Capadocia?
—¡Aquí es, aquí es...!