Don Basilio, que se empeñaba en sujetar á Alberique, sufrió la extirpación violenta de un callo, y todo se le volvía renegar de la pendencia y de los contendientes. Arias entró también. Poleró, pasado el peligro, reía de ver al relamido y moderadísimo Zalamero tan descompuesto y fuera de sí. Llorando, cual Magdalena, Virginia decía:

—¡Si no fuera por...! ¡Y que yo tenga en mi casa á semejante...!

—¿Qué escándalo es éste?—gritaba Arias.

Y Montes se presentaba también con aspavientos de dignidad, diciendo:

—Será preciso llamar una pareja de la veterana... Francamente, yo creí que en una casa como ésta...

Hasta el pacífico don Jesús Delgado compareció lleno de susto y alarma, pálido, en el lugar de la escena, mas no para aplacar á los combatientes.

—¿Qué es esto? ¡oh!... Hace una hora que están llamando á la puerta, ¡ah! y nadie va á abrir. Debe ser el cartero.

Risas... Aún faltaba lo mejor. Entró Alejandro de improviso, y, sin más ni más, fuese derecho á Alberique y le cogió de la solapa. Atención:

—Oiga usted, cafre: me han dicho que ha pegado usted á mi criado...

—¡Verbo!... yo... diré...