—¿Y todo, por qué? Por estos mamarrachos—gritó Alejandro echando una ojeada á las pinturas heráldicas.—Mejor se ocupara usted en cavar, holgazán, y no en hacer estos adefesios.

Diciéndolo, cogió las láminas, hizo con ellas una pelota, vertió la tinta, esparció los pinceles. Furor, nuevo alboroto, risas, protestas.

—Me recopilo en el reputadísimo verbo y en la reputadísima madre...

—¡Eh! poco á poco.

—Cállese usted...

—Váyase usted á hacer gárgaras...

—¡Le cojo y le...!

—Cuidado, don Alejandro.

—¡Perdido!...

—¡Si esta casa es un...!