—¿Esto lo hizo un hombre?...—preguntaba Felipe en el colmo del candor.

—Sí: Murillo.

—¿Y aquellos ángeles, los sacó de su cabeza?

—Ahí verás tú.

Un domingo, en la puerta ya muy entusiasmados, no les fué permitido entrar por el malísimo pelaje que tenían. Avergonzado Alejandro, estuvo todo el día mudo, atento sólo á sus botas usadísimas, á su raída levita y al sombrero, que parecía comprado en los bazares del Rastro. En cuanto á Felipe, más nos valdría no describirle ni aun mirarle. Su calzado era un par de chanclas viejas, rotas y deformes, que había adquirido no se sabe dónde, con más barro que cuero. La chaqueta que le cubría el cuerpo no era ya de color conocido, y por mil bocas pedía que la llevaran á una tina de trapos viejos para convertirse en papel. También los pantalones querían ser papel, aunque fuera de estraza. No se sabe cómo fué á parar á la cabeza del insigne Doctor aquella boína encarnada con un agujero por donde le salían erizados mechones de pelo.

Del balance de caja más que del estado del tiempo, dependía el empleo que daban á las horas de la noche. Si Alejandro tenía dinero, ya procediese de su mesada, ya de la incauta generosidad de un amigo, se iba solo á sus correrías. «Mira, Felipe—le decía después de comer,—ahora te vas á casa; te pones á estudiar... Aunque no puedes ir al Instituto, por tu mala ropa, conviene que aprendas las lecciones. Yo tengo que hacer. Abur.»

Cierta noche siguióle Centeno, y vió que entró en una casa... pero nada más supo ni averiguó. Casa era de apariencia vulgar, y la ruín fachada no decía qué clase de amistades allí solicitaban al asendereado manchego. Felipe aprovechaba las noches en que su amo le dejara solo, para trabajar pro domo sua. Tenía instintos prácticos, vocación latente de buscarse la vida, y aunque no era maestro en las artes del pedigüeño, se dió tales mañas, que á las pocas noches de haber visitado á Zalamero y á doña Virginia, consiguió una levita vieja, que á él le venía de perlas si encontraba quien se la arreglase; un hongo, y botas magníficas con caña de tela. Bien, bien.

Cuando Alejandro estaba limpio de dinero; cuando entre los dos no reunían más que la peseta ó los cinco reales con que atracarse de judías ó de una mala sopa, no se separaban por las noches. Miquis suspiraba, desconsolado y tristísimo; pero en cuanto empezaban á recorrer calles, como que se distraía y se olvidaba de su penuria. Gustaban de recorrer los barrios bajos, viendo riñas, escenas y extravagancias populares; ó bien, hastiados del bullicio, se metían por el solitario arrabal de la Mancebía, calles de la Redondilla y del Toro, plazuelas del Alamillo y de la Paja. Miquis necesitaba poco para transportarse con el vuelo de su imaginación al siglo XVII, y excitado por lo extraño de la escena, contaba á su amigo aventuras, episodios históricos, y le describía sucesos y caracteres.

También gustaban de recorrer la calle del Almendro, y se detenían ante la cerrada casa de la tiíta. Una noche de limpio cielo y clarísima luna, se sentaron á descansar en el pretil de Santisteban. Aquel sitio era perfecto escenario de aventuras de antaño. El caserón de Santisteban, el desnivelado suelo, el pretil, la casa de los Vargas con la barroca puerta de la capilla, la torre mudéjar de San Pedro, la soledad, la escasa luz, el silencio, todo era propiamente decorativo y romántico. No faltaba más que la humanidad con golilla y tizona. Miquis, inspirado, se terció su capa, dió varias vueltas, ocultóse en el hueco de una puerta, y salió de improviso gritando:

«¡Teneos... atrás! ¡traidor!