Merece otro lugar aquí don Basilio Andrés de la Caña, persona mayor, de suma importancia, de un peso tal que se podría creer que á todos les hacía favor en estar allí, y que, por descuido de la fortuna, no se sentaba en la poltrona de un ministerio. Lo que decía en las disputas de la mesa, considerábalo él mismo como la cifra y resumen de la sabiduría, y no debía ser puesto en duda. Era hombre de edad y sin familia ó apartado de ella, redactor de un periódico en la parte más difícil y áspera de cuanto contiene la Prensa, que es el ramo de Hacienda. Para atar cabos, conviene decir que este señor era el mismo á quien Felipe Centeno había visto por la ventana de la redacción, admirándole como á un ser superior, comprensivo de toda la humana ciencia. Era el mismo que en la memorable noche de Febrero, cuando Alejandro Miquis trajo á Felipe á su casa y le dió ropas y comida, había pronunciado las palabras aquéllas sentenciosas y solemnísimas, que no sé si recordarán los que esto han leído: «Concluirá en San Bernardino.»
Había otros de fisonomía moral y física menos caracterizada, y que además no tenían residencia constante en la casa. Cierto sujeto, que estuvo bastantes años en Filipinas, ocupaba un gabinete sólo por temporadas, pues su residencia habitual era Illescas. Había dos propietarios de la Alcarria que venían alternativamente á negocios y se alojaban en la sala; y además otros que se han desvanecido en la memoria, y si quisiéramos traerlos aquí, ocuparían término muy lejano en esta galería de verdad, presidida por la excelsa doña Virginia, teniendo á sus pies la modesta imagen canina de Julián de Capadocia.
Vamos ahora con la juventud que daba carácter, ruido, alegría y sér y espíritu á la casa. Entre éstos descollaba Zalamero, ofreciendo la singularidad de ser un estudiante ordenadísimo, puntual en todo, lo mismo en asistir á clase que en pagar su hospedaje. Estudiaba Leyes, y sólo con su asistencia se ganaba las notas de sobresaliente que era un primor. Su cuarto era el más arreglado de la casa. Tenía la ropa muy bien cepillada, distribuída en perchas ó cajones de cómoda; no conocía deudas, iba á misa los domingos, no alborotaba, no entraba tarde, ni se estaba las mañanas durmiendo, como tantos gandules. Observad ahora las pasmosas armonías que hay en la Naturaleza humana. Era Zalamero un buen mozo, de facciones bonitas y correctas, rubio, el pelo ensortijado, dividido en dos desde el occipucio á la frente por una raya que parecía pintada. Tenía barbita dorada, rubia, muy mona. En su hablar era el mismo comedimiento.
Sánchez de Guevara, el de Estado Mayor, era bastante parecido á Miquis en el carácter pronto y resuelto, pero más desordenado aún que el joven manchego. El cuarto del cadete tenía que ver. Por el suelo yacía el uniforme abrazado con la toalla. Se acostaba á dormir, en las noches de invierno, con el ros puesto, y después de leer un rato en la cama, apagaba la luz con la espada. Era guapo chico, pundonoroso; se pasaba las noches en vela, engolfado en las matemáticas, haciendo funcionar á muy alta presión esa energía intelectual y volitiva que los alumnos de estas carreras difíciles han llamado potencia empollatriz.
Poleró, catalán tan castellanizado que apenas se le traslucía el acento, era también bravo joven, estudiante de Caminos, con poca afición á la carrera; de buena figura, atlético, estudioso por pundonor más que por gusto. Á menudo se distraía del estudio, pasándose las horas muertas en los cuartos de sus compañeros charlando de teatros, chicas, política y música. En la mesa se divertía buscando camorra al de los prismas, y tomándole las vueltas para que se enredase en sus propios embustes. Se burlaba con frecuencia de don Basilio Andrés de la Caña, haciéndole creer que todos respetaban su opinión y que le conceptuaban hombre de gran seso, cuando en realidad le tenían por el mayor majadero del mundo. Era agresivo, pendenciero; gustaba de llevar la contraria, y si, por ejemplo, se hacía en la mesa política progresista, que era lo más común, salía él, como un rehilete, defendiendo el espadón de Narváez. Si, por el contrario, alguien abominaba de la revolución, ya le teníamos sacando á relucir las famosas llagas y el padre Claret ó Clarinete, que eran la comidilla más salada y gustosa de aquellos días. Espíritu activo, indagador, controversista, Poleró estaba destinado á ser hombre de provecho, como en efecto lo ha sido.
Arias Ortiz, alumno de Minas, era un andaluz serio (ave rara), apasionado de su carrera y de la metalurgia; mas con cierto desorden y falta de método, que felizmente han ido desapareciendo más tarde. Le faltaba una rueda, como suele decirse; pero el tiempo y el estudio han completado la máquina de su cerebro, y hoy no tiene más desvarío que el inocente de cultivar la música en sus ratos perdidos, que son pocos. Por las noches compone polkas y toca el piano, como recurso contra la soledad en que vive. Era en aquellos tiempos tan enfermizo, que se retrasaba en sus estudios más de lo que él quisiera; ahora, con los aires de Barruelo, con el polvo, el humo y las polkas se ha fortalecido tanto, que da gusto verle.
Á Cienfuegos ya le conocemos. Era hijo de viuda, y seguía la carrera de médico con grandes escaseces y humillaciones. Lo que el infeliz padecía y la hiel que tragaba por esta nefanda ley de relación entre las necesidades y el dinero, no se puede contar brevemente. Á veces desmayaba, y hacía propósito de ahorcar los libros y ponerse á cavar en Barajas de Melo, su patria; pero secreta energía le aguijaba, y al remo del estudio volvía, despreciando obstáculos y arrostrando los vejámenes de la pobreza con ánimo estóico. Llegó á adquirir con esto cierta rudeza glacial que algunos tomaban por cinismo. Su sereno desdén de ciertas conveniencias era más bien como una actitud de defensa contra la desgracia, ó bien el egoísmo del combatiente que en nada repara para evitar un golpe. No condenemos á este gladiador de la vida sin admirar antes su fortaleza y sufrimiento, y aquella calma solapada tras la cual se escondía pasmosa agilidad de espíritu.
III
Sentados á la mesa, cual hemos dicho, los quince ó más huéspedes, y servida la sopa de arroz, siempre tan igual á sí propia que la de hoy parecía la misma de ayer, empezaba el alboroto. Tal como se ponía aquel comedor algunas noches, la torre de Babel resultaría, en parangón suyo, lugar de recogimiento y devoción. En pocas épocas históricas se ha hablado tanto de política como en aquélla, y en ninguna con tanta pasión. Jamás tuvieron parte tan principal en las conversaciones populares los chismes palaciegos y las anécdotas domésticas de altas personas. No gozando de libertad la prensa para la controversia, se la tomaba el pueblo para la difamación. No se ponen puertas al campo, ni mordazas á la malicia humana. La opinión tiene muchas bocas á cual más fieras. Cuando se le tapa la del lenguaje impreso, abre la de las hablillas. Si con la primera hiere, con la segunda asesina. Estaba muy en la infancia la política española para conocer que nada adelantaba con suprimir las cortadoras espadas del periodismo, cuyos filos se embotan pronto cuando se les permite el constante uso. En tanto los cuentecillos envenenaban la atmósfera haciéndola irrespirable, y lo que se quería conservar y defender se moría más pronto. De fuertes y seculares imperios se cuenta que, habiendo podido defenderse de terribles discursos y escritos fogosos, han caído destrozados por los cuchicheos.
¿Quién podrá repetir la algarabía de aquel comedor virgiñesco? ¡Ay, Miquis, quién tuviera tu retentiva para intentarlo! Pero si tal lograra, el lector se volvería loco; con que más vale que se quede inédita esta parte tan principal de la historia de Centeno. Tan sólo retazos y frases sueltas que el héroe conservó en su memoria saldrán al descaro de las letras de molde. Él recordaba perfectamente haber oído á su amo una frase provocativa.