—Ó la Señora los llama, ó esto se lo lleva el Demonio... Yo lo digo muy alto: esto repugna, esto abochorna. ¿Qué gente le queda? Veamos: O’Donnell...

—O’Donnell es un pillo.

—¿Pues y Narváez? ¡Hombre de Dios...!

—Señores, calma, calma. Es porque aquí se han de mirar siempre todas las cosas bajo el prisma democrático... No, no es eso.

—¿Á mí qué me viene usted con historias...?

—Permítanme ustedes, señores...

—Dejemos á un lado la vida privada. Yo sostengo que...

—Permítame usted... pero permítanme ustedes...

El que esto decía, sin poder hacer silencio en la mesa para dejar oír su campanuda opinión, era don Basilio Andrés de la Caña, la voz más autorizada de la casa. Se ponía furioso cuando no le dejaban hablar...

—Silencio, que quiere hablar don Basilio.