—Permítanme, señores...

—Lo sé, lo sé de buena tinta por uno que va á Palacio. Á O’Donnell le desprecian allá, y sólo se aguarda una ocasión...

—Historias... ¿Á mí qué me viene usted con cuentos...? Esas son pamplinas.

—Verdad. ¡Pero si se cae de su peso!

—Permítanme...

—¡Silencio!

—Yo, francamente, no lo veo así... Qué quiere usted... Seré torpe. Siempre miro las cosas bajo el prisma de la lógica.

—Ya esto no tiene soldadura. Ya el partido ha declarado que va á la revolución.

—Al pesebre.

—Al presupuesto... Pero óigame usted... Así no se puede discutir.