—Permítanme ustedes, señores...

—Si tergiversamos las cuestiones...

—Permítanme...

Por fin tanto trabajó, tanto sudó, tantas manotadas repartió á un lado y otro en ademán neptuniano de aplacar tempestades; tanto hizo aquel bendito don Basilio para que emergiera su personalidad en el proceloso mar de las disputas, que al fin se callaron. Silencio imponente.

—Están ustedes fuera de la cuestión—dijo con reposado lenguaje.—Se ocupan aquí de si la situación tiene ésta ó la otra herida, cuando está comida por un cáncer interior que la devorará antes de que la maten las armas y la política. ¿Y cuál es este cáncer?

Pasmo expectante. Sólo se oye el ruido de los tenedores picando garbanzos.

—Ese cáncer es la Hacienda, ese cáncer es la cuestión económica, ese cáncer es el estado del Tesoro, ese cáncer es el déficit... Porque, señores, lo he dicho y no me cansaré de repetirlo, con los números no se juega. Para los conflictos de números no tienen solución la espada ni la oratoria. El país, entregado por una parte á los chismes y por otra á las conspiraciones, no se ocupa de esto. Los que estudiamos día y noche estas áridas cuestiones sabemos que el mal es grave, y lo que es peor, señores, que el mal no tiene remedio.

Terror. Doña Virginia oculta la cabeza detrás del hombro de su marido para poder reir á sus anchas. Cáusale más risa que el discurso de don Basilio la seriedad con que le oye Poleró.

—El déficit, señores, sube ya á la aterradora cifra de ochenta y cinco millones, y no hay que fiarse de lo que diga el ministro, presentando las cosas...

—Bajo un falso prisma...