—¡Ya, ya sé!—dijo Miquis turbadísimo cuando Felipe le dió cuenta de la visita.—Enciende luz, dí á esa persona que entre, y vete en seguida.

Felipe vió el demacrado rostro de su amo encenderse con llamarada de rubor, cual hoja seca que arde. Los ojos del enfermo chisporrotearon gozosos.

Al punto entró la mujer, señora ó lo que fuese. Pero la puerta quedó entreabierta, y Centeno atisbó desde el pasillo... ¡Vaya, que era arrogante y hermosa! No se la debía diputar por señora, porque ninguna que tal nombre merezca se presentaría en visita con aquel mantón pardo, de un color como café con leche, y con un pañuelo de seda negro y rojo por la cabeza, puesto con donaire, haciendo como un cucurucho prolongado sobre la frente. Á la sombra de este pañuelo brillaban con expresión de acecho los ojos de aquella ninfa, amorosos y traicioneros, como en verso decía Miquis, hablando del mirar de la Carniola. Lo de las flechas que tanto usan los poetas, venían bien allí; mas eran flechas untadas de caramelo envenenado. ¡Bonito aire el de la Tal, y qué bien calzada!

Todo esto lo observó Felipe en un instante, asombrado, primero de la hermosura, luego de la voz de aquella mujer. ¿Qué lenguaje hablaba? Ya... se comía la mitad de las palabras, y las otras las remataba con un dejo... ¡ay! Era andaluza... El metal de voz sonaba un poquito ronco; pero la dicción no por eso resultaba menos lánguida y suspirante.

¡Felipe, oído! La Tal se acercaba al lecho de Miquis y le tomaba la mano. Él, turbado, sin duda, de la alegría de verla, le decía que se sentara, lo que ella hizo de muy buena gana, porque estaba harto cansina. Hablando, hablando, ella le llamaba niño, cosa que á Felipe le pareció muy razonable, porque su amo estaba física y moralmente en situación de ser llevado en brazos, y aun de que le dieran biberón.

¡Oído, Felipe!... La Tal charlaba, charlaba en su graciosa lengua andaluza... ¡Tanto tiempo sin verle! No hacía más que pensar en él... ¡pobrecito! Era menester que se pusiera pronto bueno... Ella estaba muy disgustada. ¡Le pasaban unas cosas... pero unas cosas...! No podía vivir. Aún creyó entender Felipe que lloriqueaba algo. Lo que su amo decía no llegó á los sutiles oídos de Centeno, porque la voz de Alejandro, á consecuencia del mal que padecía, era como un soplo fugaz, imperceptible para todo el que no estuviera á su lado.

Media hora larga duró la conferencia. La Tal se fué. La patrona, el marido de la patrona y algunos huéspedes salieron al pasillo, y la despidieron con cuchicheos. Felipe, al volver junto á su amo, viole un tanto caviloso; pero no triste. De repente le entró una gran locuacidad, y como si hablara con persona que tuviese antecedentes del asunto en que él pensaba, dijo á Centeno:

—La pobre sigue en poder de aquel bárbaro, que la atormenta y la tiene pereciendo.

—Hay que traer azúcar,—dijo Felipe, atento al cuidado del enfermo.

—Es verdad.