—¿Cuartos...?
—Busca por ahí. ¿No habrá en mis bolsillos?
Felipe, sabedor de que en la mesa de noche tenía su amo un gran paquete de duros y pesetas, fué á buscar allí lo que necesitaba; pero Alejandro le detuvo con estas palabras:
—No, si ya no hay nada. Busca en los bolsillos del pantalón.
El Doctor, sin dejar de pensar en la vuelta que había tomado la plata depositada en la mesa de noche, empezó á buscar en todos los huecos de la ropa.
—No hay ni un sacramento.
—Pídelo á doña Pepa. Tráete también caramelos... Oye, y cigarros. Por más que diga Cienfuegos, no puedo dejar de fumar.
Al poco rato volvió Felipe con lo pedido, y además La Correspondencia. Su amo dormitaba; luego se despabiló y estuvo despierto casi toda la noche. Hablaba, entre tos y tos, del drama, de las cosas atrevidas y justicieras que hacía el Duque, y de las atroces llamaradas que echaba el Vesubio. Entre el follaje de esta verbosidad, puso Felipe la flor de una observación que hizo sonreír á Alejandro:
—Esa que ha estado aquí esta tarde—dijo,—es la Carniola.
—¡Y que está padeciendo las mayores amarguras bajo el poder de un Jacques Pierres...!