—¡Qué pillo! Y puede que le pegue...

—Es un salvaje... ¡Si yo no estuviera clavado en esta maldita cama...!

No dijo más sobre el particular... Como el tiempo seguía malo, continuó prisionero algunos días. La Tal volvió á visitarle, y en aquella segunda entrevista, que fué también de noche, el enfermo estaba levantado. Hablaron larguísimo rato con animación y mutuas expresiones de afecto. Ella contaba suplicios, sofocos y privaciones horribles. Él la consolaba y anunciaba mejores días... ¡Oh! pues si él no estuviera enfermo, todo iría bien. La Tal echó de sus bonitos ojos un par de lágrimas, y dijo mil pestes de Jacques Pierres. Al manchego se le partía el corazón. Lo peor de todo era que la Tal no podría venir más á verle... Para salir á la calle necesitaba decir mil mentiras... ¡Y luego venía con un miedo...! Pues si el bárbaro llegaba á descubrir que ella... De seguro que le cortaría la cara, y era lástima que una cara tan linda... ¡Lástima también ¡ay, Dios mío! que Alejandro no tuviera salud y mucha guita para poner eficaz y pronto remedio á tamaños males!... En fin, adiós, adiós...

Aún hubo una tercera visita, corta y de pocas palabras. Después de ella, Miquis escribió una carta á Torquemada pidiéndole dinero. El maldito prestamista no se lo mandó. ¡Paciencia! Cuando pudiera salir á la calle, Alejandro se lo pediría de palabra con razones persuasivas que no podía expresar la pluma de un poeta.

Á Felipe, justo es decirlo, no le eran indiferentes las gracias y gentileza de la desconocida amiga de su amo, á la cual daba, por no saber otro, el nombre de la Carniola. Ésta, al salir, le echaba siempre un par de miradas, y al entrar casi tres. Grabáronse en la memoria del muchacho las facciones de ella, su andar arrogante y la expresión indefinible que se asociaba, por mágico contacto de las ideas, á los poéticos lances del drama de Miquis.

Cierto que Felipe no era hombre todavía; pero lo sería pronto, y él con su imaginación se anticipaba á la edad. Estaba, pues, como poseído de cierta idealidad contemplativa y platónica, que se recrudecía al ver á la Tal. Una noche, mientras su amo dormía, estaba él desvelado y pensando en ella, viéndola claramente con todas sus gracias y perfecciones. Encendida su fantasía, y lleno su corazón de un gozoso entusiasmo, se le ocurrió á mi hombre la cosa más extraña... Pero no, no califiquemos así lo que es producto natural de infantiles caletres, y confesemos que lo que discurrió Centeno era muy adecuado á su edad de transición y á su escogido espíritu.

Veamos. ¿Por qué no había de ser él también poeta? ¿Por qué no había de componer también sus versos, como todos los chicos en llegando á su edad? ¡Y quién sabía si estaba destinado á ser autor notable como su señor, y aun á escribir un drama tan hermoso como El Grande Osuna, que sería el asombro del mundo! Era menester probarlo. Notaba como una llamarada dentro de su cabeza, y siempre que se acordaba de la hechicera y arrogante Carniola, oía susurro de rimas en sus orejas, y sentía dentro algo como ganas de llorar, ganas de reir... Manos á la obra. Estaba inspiradillo, y muy tonto había de ser si no conseguía enjaretar dos docenas de versos y cantar en ellos la preciosidad de aquella mujer. Ya, ya sabía él que todo estaba reducido á barajar unas cuantas palabras bonitas, y á ponerlas bien puestas aquí y allá, haciéndolas sonar como cascabeles.

Su amo dormía; sentóse Felipe, cogió la pluma y ¡zas!... allá te van renglones. ¡Quiá! esto no suena. Otra vez; borra y vuelve á escribir. No sale... Ahora... Gentil señora, de beldad bella y hechicera... ¡Oh! esto no sonaba. Á ver ahora. Cuando las auras... Esto de las auras era de lo más majo que usan los poetas. Cuando las auras gimen ¡ay! y gimen... ¡Magnífico! Lo malo era que no podía seguir adelante, hasta ver qué salía de tanto gemido. Otro esfuerzo: Al mirar esos ojos cual luceros... Bien, bien: ¡qué bien sonaba el cual!... Echando rayos hechiceros... Que me queman cual encendidos... ¿Qué pondría para rimar? ¿Carniceros? No: esto no parecía palabra de poesía. Además, debía ser cosa que quemara, que ardiera, como, por ejemplo, braseros, y mejor pebeteros, cosa de lumbre y de buen olor á un tiempo.

Á las doce quedó terminada la composición. Felipe se reía á cada verso escrito ó borrado. Á veces juzgábase hábil poeta, á veces absolutamente inepto para el áspero arte de la versificación. Por último, la idea de que su amo pudiera ver al día siguiente aquellos disparates, llevóle á considerar sus versos como los más chabacanos que se podían imaginar, y avergonzado los hizo pedazos, dejando para más adelante, y cuando supiera algo de retórica, el hacer nuevo ensayo de sus facultades imaginativas.

Al día siguiente de esto repitióse la visita de la que inspiraba secretamente al Doctor sus ardientes pruritos de emular á Petrarca.