¡Oído, Felipe! que aquel día la conferencia fué más acalorada que nunca. El manchego sin ventura deploraba la vaciedad de sus cajas, que le ponían en el desairado trance de no poder atender á las cuitas pecuniarias de la hermosa Carniola, y librarla de la feroz tiranía de aquel Jacques Pierres á quien los turcos debían hacer picadillo... Mostrábase ella muy alarmada de que el aventurero descubriese las visitas recatadas al Duque, y recelaba que no pudieran verse más... Para remediar esto, se le había ocurrido un plan. ¡Qué acertado pensamiento! Bien para él y bien para ella. ¡Oído, Felipe! que va á decir el plan. La Tal tenía una hermana, casada con el mayoral de una ganadería. Vivía este matrimonio en casa humilde, pero aseada, y le vendría bien tener un huésped para ayudarse. ¿Por qué no se iba Alejandro á vivir con aquella feliz pareja? Estaría solito y mejor asistido que en aquella casa, que parecía escuela de danzantes; en aquella leonera, donde le robaban y no le cuidaban bien. No sería huésped, sería el amo, y la bendita hermana de la Carniola no sería su patrona, sino su ama de llaves. ¡Qué comodidad y qué proporción! El mejor resultado de esto sería que la Tal podría siempre que quisiera visitar á su hermana, sin oposición del caribe, y ver á Alejandro diariamente y aun cuidarle en su enfermedad...

Oído, Felipe, que tu amo se arrebata, y aprueba el plan, y reniega de doña Pepa, y hace depender el mejoramiento de su salud de un cambio de domicilio. ¡Si en aquel cuarto no hay aire que respirar! Sí, sí; y la Tal se entusiasma también, y dice que la casa de su hermana cae á unos jardines que parecen los cármenes de su tierra, llenos de pajarillos. ¡Y cómo entra el sol por aquellas ventanas! El piso es altito, eso sí, ciento diez escalones; pero una vez arriba...

Quiso la suerte ó la desdicha de nuestro héroe tobosino que á sus proyectos se anticipara la llamada doña Pepa, hembra de mal genio y peor catadura. Tiempo hacía que estaba disgustada de tener en su casa un huésped herido, según ella, de enfermedad funesta y pegadiza. La casa perdía mucho con esto, en su opinión de saludable, y ya algunos señores alumnos de Veterinaria habían lanzado la peligrosa especie de marcharse. Teniendo ciertos puntos y ribetes de humanitaria la doña Pepa, no quería decir á Miquis, desabrida y secamente: «Le echo á usted por enfermo.» Discurría un hábil pretexto, y vinieron á dárselo las visitas de aquella Tal, á quien lo mismo ella que su marido diputaron por una cualquiera, ¡Vaya unas amistades que tenía el don Alejandro! No, en casa tan honrada no se querían visitas de tal naturaleza, ni la opinión de la escogida pléyade de huéspedes podía ser expuesta á las calumnias y dicharachos de la vecindad. En éstos ó parecidos términos manifestó á Miquis doña Pepa sus propósitos, corteses, pero claritos.

—Yo pensaba marcharme—dijo él.—En esta casa no hay aire respirable.

Y sin pérdida de tiempo empezó á disponer todo para la mudanza, apretándole á ello el deseo de gozar pronto de la vista de aquellos jardines, de la alegría de tanta luz y aires tan puros. ¡Qué suerte tenía y qué motivos de alabar á la Providencia!

V

Habiendo mejorado el tiempo, pudo al fin salir á la calle. La primera vez, apenas anduvo cien pasos, tuvo que volverse á casa; pero su fuerza de voluntad y el anhelo de callejear pudieron más que su quebranto, y en los días siguientes tornó á salir y estuvo en el café. Era su aspecto como el de un difunto. Cuantos le veían, ó manifestaban el mayor asombro, ó tenían que hacer disimulos muy violentos de la mala impresión que les causaba el rostro amarillo, la afilada nariz, la fatigosa voz del pobre estudiante. Y él, siempre optimista, y engañándose á sí mismo, se anticipaba á las observaciones de los que le compadecían, diciéndoles:

—No estoy ya tan malo como crees... Es porque me ves el primer día que salgo á la calle, y la verdad... me he quedado en los huesos. Pero me voy reponiendo... siento que mejoro rápidamente...

—¿Y dónde vives ahora?

—Te diré... No vayas á verme, porque estoy como de paso en una casa que no es de huéspedes... casa con jardines; quiero decir, que tiene vistas á un jardín... Pero no vayas por allí: hay mucha escalera, y lo probable es que no me encuentres.