Tuvo Cirila no se sabe qué cuestiones con su marido, y éste desapareció. Se fué derecho á la ganadería, de donde no debió nunca salir. Ella no se había ido también, según dijo, por estar cerca de su hermana y cuidar al señorito; pero si el señorito no aprontaba lo necesario para el diario, no podía ella darle ni una miga de pan, porque... mostraba las palmas de las manos vacías... no tenía nada. Para dar al señorito la última tajada de carne, le fué menester empeñar su mantón y las sábanas de la cama... Por manera que si el señorito quería una chuleta, una taza de caldo, huevo pasado, rebanada de pan, ya podía ir pensando de dónde lo sacaba, porque ella...
En tal extremidad, y hallándose como ejército famélico en plaza estrechamente sitiada, discurrió Alejandro pedir socorro á su tía, que era la última palabra del credo en casos tales. Acudió volando Felipe con la esquelita, y á la hora volvió desconcertado y afligidísimo. La señora le había recibido con risas muy extrañas y llevádole á la sala, donde tenía (espanto y confusión de Felipe) una mesa con tapete encarnado, y encima dos velas verdes y sin fin de cartas de baraja revueltas... Á Centeno se le comprimió el corazón viendo cómo la señora, después de espantar un zángano invisible, se puso á revolver cartas sin hacer caso de él para nada... La criada entraba y salía, viendo todo como la cosa más natural del mundo... Por fuerza la mujerona sirviente estaba también tocada. ¿Y qué hizo la señora con la carta de su sobrino? Pues la colocó abierta sobre la mesa, y empezó á correr naipes, á correr naipes, diciendo unos latines ó romances que el demonio que los entendiera. Después trajo un puñado de cañamones, y haciendo un cucurucho se lo dió á Felipe para que lo llevara al sobrino sin ventura... Que Felipe salió escapado de la casa, no hay para qué decirlo. Felizmente, encontró en la calle de Toledo á su paisano y amigo Mateo del Olmo, de quien obtuvo, no sin esfuerzos de elocuencia, el anticipo de una peseta. Con ella compró pan, dos huevos y una chuleta, y guardó el resto para lo que ocurriese. Todavía había Providencia.
La misma noche tuvo un feliz encuentro en el pasillo de la casa, que era el Foro ó Parlamento en que se ventilaban las cuestiones de aquella federación de familias. Habiendo dejado á su amo dormido, salió á ver si podía hacer callar á unos chiquillos que alborotaban. Vió pasar á un hombre, que miraba al suelo, rozando su cuerpo contra la pared, al mismo tiempo que andaba vacilante. Reconocióle al punto, y tirando del faldón de una especie de levita, que del cuerpo de aquel fantasma pendía, le dijo:
—¡Don José!... ¿Ya no me conoce?
El otro se detuvo y le miró. Sus ojos, cual si acabaran de verter copiosísimo llanto, estaban húmedos. Sus erizados pelos bermejos se querían echar fuera sediciosamente del abollado sombrero que los oprimía y avasallaba. De su rostro emanaba una tristeza sepulcral, como de los anafres de las vecinas el pesado tufo, y así como en éstos, por los agujerillos, se ven las brasas quemadoras, así en el entenebrecido rostro de Ido se veían brillar ascuas de un mirar famélico. Más con el alma atenta que con el oído, enteróse Felipe de los conceptos de aquella voz, que dijo:
—¡Ah!... tú eres aquel Doctorcillo Centeno, el que estaba en casa de don Pedro... ¿Vives aquí?
Hubo mutuas explicaciones, y ofrecimiento de domicilio. Ido, tomando á Felipe por un brazo, retrocedió á la escalera, y se sentó en el último peldaño de ella.
—Siéntate aquí y hablaremos—dijo con voz desvanecida y vagorosa, cual si las palabras medrosas del aire en que vibraban, quisieran retroceder para volverse á la boca.—Sabrás, Felipe, cómo estoy sin colocación desde hace tres meses. Y por más que busco, y aro la tierra para encontrarla, no puedo conseguirlo. He visitado á todos los maestros, y nada. He ido á todos los colegios, y en ninguno hay vacante. Lecciones particulares, ¡Dios las dé!... De modo que estoy, hijo, á la cuarta pregunta... con mi señora enferma y cuatro hijos, cada uno con su boca correspondiente.
Preguntóle discretamente Felipe los motivos de su salida de la casa de Polo, á lo que el pendolista contestó de este modo:
—¡Ay! hijo, tú te marchaste antes de que en el bueno de don Pedro se iniciaran las grandes locuras que hemos visto... Ya conoces su genio de Barrabás y sabes cómo nos trataba... El genio se le podía llevar, anda con Dios; pero hay cosas, amigo Felipe, que ofenden á un hombre digno. Yo á nadie falto. ¿Por qué no se me ha de tratar con miramiento y buena crianza? Ya, cuando tú estabas, el maestro me decía palabras malsonantes; pero como él mismo se reía, pasaban por bromas. «Es usted más tonto que el cerato simple.» Esto era á cada momento. Bien: pase como un desahogo... Pero cuando un concepto se repite y se repite... Yo paso una broma; pero que me pongan motes no me gusta. Don Pedro, últimamente, ya no me llamaba por mi nombre, sino que decía: «Cerato simple, haga usted esto ó lo otro. Calamidad, esto ó aquello...» Los chicos se reían y no me respetaban nada. También entre ellos no faltaba quien dijera: «Cerato, vete al acá ó al allá.» Francamente, naturalmente, amigo Felipe, esto ya es por demás. Porque si un chico me falta una vez, se lo paso; pero que me tomen como cuento de risa... Si á uno le mandaba una cosa, me respondía: «Dido, no me da la gana...» «Dido, vete á donde quieras...» Francamente, naturalmente... yo estaba ya trinando en mi interior, y con un aquél que me revolvía las tripas. Don Pedro no hacía más que disparatar cuando tomaba las lecciones: todo lo decía al revés, y echaba la culpa á los chicos y á mí. Un día se puso como un león, echando lumbre por aquellos ojazos, con espuma en la boca; y empezó á tirarnos los libros, los tinteros, plumas, pizarras. Nos apedreaba. Á algunos alumnos les hizo heridas... Todos estábamos aterrados. Cogió al chico de Pasarón y le tiró al aire. Á todas éstas, renegaba de la escuela y decía maldiciones impropias de un sacerdote... Francamente, naturalmente, esto no se podía aguantar. Aquel día se retiraron de la escuela no pocos niños, y el padre de Nicomedes vino hecho una fiera, se trabó de palabras con don Pedro, y por poco se pegan. Otro día el maestro estaba como un idiota: no decía palabra; tenía una especie de modorra, y hasta parece que se le caía la baba... No te rías; sí: al tal don Pedro le pasa algo... Enfermo está no sé de qué... Pues como te decía, sin más ni más, salió con la pitada de que yo le quitaba los discípulos, y que soy un acá y un allá. Yo le dije: «Francamente, naturalmente, señor don Pedro...» Y él me contestó: «Porque usted, bajo esa capita de santo, es capaz de asesinar á su padre...» Francamente, naturalmente, yo... ¿qué había de hacer?... Total, que me marché. Aquí me tienes, pues, sin colocación, pasando las de Caín para mantener á tanta familia. ¿Vives tú con un señor que parece está enfermo, y que, según dijo doña Cirila, es algo poeta?