—¿Qué es eso de algo?—replicó Felipe, ofendido de que se escatimaran así las facultades literarias de su señor.—Mi amo es de lo que no hay en eso del drama y la poesía.

—Pues, hijo—manifestó don José alzando un poco la abatida voz por los bríos que le daba la esperanza,—á ver si me proporcionas algún trabajo. Quizás tenga tu amo borradores que copiar...

—Por ahora, señor don José, no sé si habrá algo; pero no está mi amo muy en fondos para encargar ese trabajo... Más adelante puede... porque tenemos unos dramas que el señorito va á poner en limpio.

—¡Dramas! Pues venga. Que me dé lo que pueda á cuenta... Yo también hice un drama en mi juventud; y en esta miseria de ahora se me ha ocurrido retocarlo, á ver si alguna compañía me lo quiere representar. Es cosa del conde Fernán González, y todo, todito, me lo hice en sonetos... Francamente, naturalmente, creo que no sirve para nada.

—Me voy, no sea que se despierte,—dijo Centeno, cansado de las confidencias de Ido.

Este le detuvo, y con voz más alentada, que declaraba el esfuerzo de su cobarde espíritu, le dijo estas palabras:

—Felipe, tú no sabes lo triste que es volver á casa á estas horas con las manos vacías, y cuando á uno le están esperando desde media tarde, creyendo que lleva los imposibles... Si algún día eres padre de familia, sabrás lo que esto es. Francamente, hijo, yo no sé si me habrás comprendido; si no, te diré que me hagas el favor de prestarme dos reales, si los tienes, y dispensa mi atrevimiento... que francamente, naturalmente, nunca creí que un hombre como yo, dedicado á la enseñanza...

Aquel apóstol de las gentes, aquel faro de las sociedades, aquel portero de la inmortalidad, el santo, el evangelista de la civilización, el pescador de hombres, sacó de su bolsillo una cosa que, por las trazas, debía de ser pañuelo, y lo aproximó á las fuentes de ternura que tenía por ojos. Felipe, hasta lo más hondo de sus entrañas conmovido, se registró bien los bolsillos, y todo lo que había en ellos se lo dió.

Miquis y su criado hablaron un rato de aquel infeliz vecino y de su triste situación.

—Coge todo lo que haya—dijo el manchego,—y llévaselo. ¿Qué nos importa el día de mañana? De alguna parte ha de venir. Nuestra miseria es contingente, accidental y temporal la suya es intrínseca y permanente. ¿No hay allí sobre la mesa dos huevos? Pues ofréceselos. Y las tres onzas de chocolate y el pan... Dale todos los cuartos que tengas en el bolsillo. ¡Pobre hombre! En cuanto me ponga bueno, he de buscarle una colocación.