¿Y cómo lo había de probar el desventurado? Pensó decir á Polo que se diera una vuelta por la malhadada casa de la calle de Cervantes, para que se convenciera, por el testimonio de sus ojos, de la verdad del lastimoso cuadro; pero esto le pareció ineficaz. Don Pedro no había de ir allá.

—Á ver, habla...

—Adiós, señor don Pedro,—volvió á decir el Doctor, dando otra vez la media vuelta para retirarse.

—Haz lo que quieras... Bueno, hombre, abur. ¿Y á dónde vas con tu cantinela?

Felipe se detuvo y le miró bien.

—Voy á ver si me quiere socorrer—dijo—una persona que ya otra vez me socorrió.

—¿Quién?

—La señorita doña Amparo.

Don Pedro, súbitamente, se volvió para la pared. Así no pudo ver Felipe su palidez, que era como la del bronce que quiere ser plata.

Haciendo que miraba un mapa. Polo exhaló estas palabras: