—¿Cómo fué eso?... ¿cuándo?

—El día que me marché de aquí, la señorita doña Amparo, que tiene tan buen corazón, me dió seis pesetas que se había sacado á la lotería.

Don Pedro empezó á revolver papeles sobre la mesa, quitando cosas de su sitio para llevarlas á otro. Se hacía el distraído, refunfuñando:

—¿Es eso verdad?... ¡Qué cosas te pasan, hombre! ¿Con qué seis pesetas...?

No miraba á Felipe, ni éste podía advertir en el rostro de su maestro señales de interior borrasca. El caimán se metió la mano en el bolsillo. Sonó dinero. Era como el roce y frotamiento de metálicas escamas. Felipe fué todo ojos. Una de las manos de don Pedro contaba sobre la otra, pasando y repasando monedas.

—Toma siete,—le dijo la domada fiera, poniendo un montoncillo sobre la mesa.

—Dios se lo pague, don Pedro, y le dé mucha salud á usted y á toda su familia.

II

La satisfacción, la ufanía que llenaban el alma del buen Doctor al salir de la casa de don Pedro, no son para descritas. Se asombraba de que un hombre tan atroz, que había tenido la crueldad de dejar sin pan al infeliz Ido, se ablandase hasta el punto de darle á él un auxilio mayor de lo supuesto. No alcanzando la rudimentaria agudeza de Felipe á penetrar el motivo del brusco enternecimiento del monstruo, forjaba en su mente una pueril explicación del caso. «Es que el señor don Pedro, decía, tiene dentro una lucecita que se enciende en cuanto le tocan un botón, como el de las campanillas eléctricas que se usan ahora. El que acierta con el botón y enciende la luz, hace de él lo que quiere. El que no, se amuela

Tan grande éxito le envalentonó, despertando su codicia: Preciso era trabajar más aquel día, para obtener una colecta considerable con que sorprender á Alejandro y alegrar su espíritu. ¿Á quién más acudiría?... ¡Ah! ¡Don Federico Ruiz debía de estar rico!... ¡á él! De paso, ¿por qué no tocar los registros á don Florencio Morales por si quería dar alguna cosa? ¡Al Observatorio como un rayo!... Recordó, no obstante, que su amo había dicho alguna vez á propósito de la liberalidad del astrónomo: «Antes dará aceite un ladrillo.» Pero no importaba... ¡adelante! Podría ser que también Ruiz tuviera botón, y que él, sin saber cómo, por inspiración del Cielo, lo tocara. En cuanto á don Florencio, bien presentes tenía los ofrecimientos que le hizo una tarde que le encontró en el Prado, tomándose con gran deleite un vaso de clarísima agua de Cibeles. ¡Á ellos! ¿Quién dijo miedo?