¡Qué contrariedad! Don Federico no estaba en la casa. Había ido á los ensayos de su comedia, que á la noche siguiente se estrenaría. El que sí estaba era el gran Morales; mas no fueron sus primeras palabras muy lisonjeras.
—Sí, te veo... te veo venir... Me traes la monserga de la otra tarde. Sí: que tu amo está malo, que ni tú ni él tenéis que comer. Yo he visto mucho mundo, amiguito. Si fuéramos á dar á todo el que tiene necesidad, andaríamos desnudos y abriríamos la boca al viento.
Felipe, desconcertado, se esforzó en la réplica, diciendo con quejumbroso y dolorido estilo que si no se fiaba de él, fuera pronto á la calle de Cervantes para ver con sus ojos la verdad de tan terribles apuros; á lo que don Florencio contestó lleno de entereza:
—Sí, justo: no tengo yo más que hacer que subir escaleras... Y entre paréntesis, lo que á tu amo le pasa le está bien merecido, porque es un libertino, un mala cabeza. Lo sé por Ruiz, que está al tanto de todo... No me vengas con cuentos. Yo no soy de piedra. Si tienes hambre, vente á la hora de comer, y no faltará con qué la mates. Pero lo que es metálico, no lo esperes. Está la patria oprimida, hijo, y hay mucho pobre y mucha boca que tapar. Pasa, entra, siéntate un rato, y veremos si Saturna tiene algo que darte. Creo que se le han echado á perder unos hojaldres... ¡Saturna! ¡Saturna!
Empezó á dar gritos, y luego, encarándose otra vez con Felipe que había ya perdido toda esperanza de recoger algo sonante, le dijo:
—Tienes suerte, chiquillo. Parece que lo hueles. Y entre paréntesis, ¿quieres que te diga en qué consiste el mal de tu amo, y por qué está tan miserable?
Centeno era todo oídos y no quitaba sus ojos de don Florencio, mientras éste, que acababa de subir la rampa, se limpiaba el sudor de la frente y cráneo, natural desahogo y salida de tan gran hervidero de ideas.
—Pues te diré, para que tú también vayas aprendiendo. Tu amo es un loco, es uno de estos jovenzuelos que se han emponzoñado con las ideas extranjeras. ¿Qué nos traen las ideas extranjeras? El ateísmo, la demagogia y todos los males que padecen los países que no quieren ó no saben hermanar la libertad con la religión. ¿Qué dicen por allá? Pues dicen: «Fuera Papa, fuera catolicismo y venga república; hacer cada uno lo que le dé la gana.» ¿Es esto prudente? No, señor; y lo que es en Francia, hijo, lo que es en Francia, te digo que Napoleón Tres les sentará las costuras. ¿Tengo ó no tengo razón?
Compenetrado Felipe de tan sabias ideas, mostraba su asentimiento con grandes cabezadas afirmativas.
—Pues esas ideas, ese ateísmo, ese desbarajuste es lo que nos quieren meter aquí—prosiguió el insigne conserje, haciendo el orador y paseándose en un espacio como de tres varas.—Hay unos cuantos... todos muchachos, chiquillos, estudiantejos que leen libros franchutes y no saben palotada de nada... hay unas cuantas cabezas ligeras, y tu amo es de ellos... que nos quieren traer aquí todas esas andróminas forasteras. ¿Sabes lo que están diciendo?