Espanto de Felipe, que no sabía nada, pero sospechaba que era cosa gorda y coruscante.
—Pues ahora se salen mis amigos con eso de todo ó nada. En resumidas cuentas, que quieren nada menos que destronar á Su Majestad la Reina. Ya les he dicho que no les sigo por ese camino, y me he borrado de la Tertulia... Porque Dios sabe lo que va á venir aquí. Tú, figúrate... Se van á desbordar las masas...
Felipe creyó por un momento que aquellas masas eran los hojaldres que le habían prometido, y tembló por ellos.
—Á tí, vamos á ver, ¿no se te ponen los pelos de punta al pensar...?
—Sí señor, sí señor que se me ponen.
—Ese empeño de que todo ha de ser extranjero... Yo soy español por los cuatro costados. ¡Señor, si aquí nos entendemos muy bien, si aquí sabemos hacer las cosas...! Póngannos la Milicia, la Constitución del 12, y basta. El clero en su puesto, la Milicia para defender el orden, el Ejército para caso de guerra, Cortes todo el año, buenos seminarios, mucha discusión, mucha libertad, mucha religión y venga paz. ¡Si esto es claro y sencillo...! Pues no ha de ser así, sino ateísmo, demagogia y filosofía alemana... Yo les veo venir, y me callo... Ya veremos la que se arma. Aquí me estoy achantadito, esperando á ver por dónde salen. Una tarde discutimos aquí tu amo y yo... Se quedó turulato... Sí, pregúntale. Callado le dejé, y pegado á la pared. Él, defendiendo lo extranjero, me sacó poetas y descubrimientos... qué sé yo... ¡La ciencia y la industria! Á mí no me vengan con solfas. Yo he viajado, yo sé lo que hay... Concedo, sí señor, concedo que la Inglaterra nos aventaje en ciertas cosillas; pero en otras estamos por encima de todos. Fíjate tú en los productos de nuestro suelo, y dime si hay algo que les iguale. Aquí tenemos para todo lo que nos hace falta, y nos sobra para mantener á tanto hambriento de extranjis... Castilla es el granero del Orbe terráqueo. Nuestros vinos van por todo el mapa. Pues el día que queramos poner en un apuro á los inglesotes, no hay más que decirles: «caballeros, ya no hay más Jerez.» Y en cada localidad tenemos un producto excelente, sin rival en el mundo. Y si no, dime dónde hay otra Málaga para pasas, otra Astorga para mantecadas, otra Jijona para turrón, otra Soria para mantequilla y otro Madrid para un buen vaso de agua. En industria, ahí están Cataluña con sus hilados, y Toledo con sus armas. En buques no te digo nada. Cada marino nuestro vale por ocho extranjeros, y con un cachucho cualquiera nos ponemos delante de la mejor escuadra. Nuestro ejército ya se sabe que es el primero del mundo. Yo querría ver correr á ingleses, franchutes y austriacos en una batalla en que se dijera: «¡Cazadores de Madrid, adelante!...» Y todo, hombre, todo. Si aquí no necesitamos de lo forastero para nada. En generales, ¿qué nación tiene un Espartero y un O’Donnell? En abogados... habías tú de ver un escrito puesto por don Manuel Cortina ó don Joaquín Francisco Pacheco... ¿Y aquella palabra de Olózaga en el Congreso? Atrás la Europa toda. Hasta en cómicos estamos por encima. Pues á donde llega la Matilde, ¿quién llegó? ¿Tú la has visto? Aquel modo de llorar es cosa que parte el corazón. Pues te digo que en papeles de gracia vale tanto como en los de ahogo y sentimiento... Poetas los tenemos por fanegas, mejores que todos los extranjeros; y si vamos á pintores, ya quisieran ellos... Nada, nada, no le des vueltas: aquí no necesitamos para nada esos países. Díselo así á tu amo, y que se vaya curando de sus manías, y se haga rancio español y católico á macha-martillo, y se deje de patrañas ateas y de locuras demagógicas... Saturna, los hojaldres... ¿No los ibas á tirar? Aquí está Felipe que los aprovechará.
Cuando don Florencio puso punto final en su recitado, que á Felipe le pareció discurso por lo elocuente, sermón por lo largo, el muchacho, admirando tan soberano talento y facundia, no comprendía la oportunidad de la lección que con tales alegatos daba el conserje á Miquis, ni el provecho que éste había de sacar de ella para remediar su desdicha. Hizo propósito de retener en su fiel memoria lo más que pudiese de aquel discurso, para repetírselo á su amo, cláusula por cláusula, seguro de que éste se había de reir. Tomando sus hojaldres, que envolvió cuidadosamente en un número de Las Novedades, despidióse del matrimonio y echó á correr hacia su casa.
III
Frente al Botánico detúvole una voz conocida, una voz amistosa, que durante algún tiempo no había regalado sus oídos. Era Juanito del Socorro, que le llamaba desde la verja del Botánico, en cuyo escalón estaba sentado con otro amigo.
—Hola... Redator...