—Ven acá. Tu amo está furioso.

—¡Allá voy!

—¿Y de qué se ha muerto?

—Lo que te dije... del parénquima... Todo está allí clarito. El estómago se le había subido á la nuez.

—¡Pobrecito!

—Y tenía las jieles metidas en la cabeza.

—¡Ay!

—Y la sangre cuajada, con cada tubérculo que daba miedo... ¡Allá voy!

¡Vaya un réspice que le echó su amo por la tardanza! Era un holgazán, que no hacía más que jugar, olvidado de sus obligaciones. ¡Oh, si él no se viera amarrado en aquella cama! En cuanto se levantara le iba á despedir, sí, señor; porque ya estaba cansado de sus torpezas, de sus travesuras y de su charlatanería.

Felizmente, estos accesos de ira eran pasajeros. Felipe callaba, dejando correr el nublado. Bien sabía él que pasaría, y que lo normal del genio de Miquis era la condescendencia y bondad apacible. Y si no, ya tenía él recursos habilísimos para desenojarle, arbitrios de grandísima eficacia, aunque su amo estuviera en una de las grandes crisis metálicas que le ponían de tan mal talante. Por la tarde, al volver de un recado, le dijo Centeno: