—¡Cuánta gente por esas calles! ¡Oh! ahora que me acuerdo: he visto al señor de Ayala, aquel poeta de los bigotes largos...

—¿Sí?

—Y me dió memorias para usted.

—¿Qué dices, hombre?

—No... no... Me equivocaba: no me dió memorias, ni me dijo nada. Es que me miró de un modo particular, y á mí me pareció que me daba expresiones para mi amo.

Con estas cosas se reía el enfermo, y se disipaba su mal humor. Tras del enojo con Felipe, venía siempre entrañable amistad. El gozo de verle y tenerle á su lado era en tal manera vivo, que cuando el Doctor estaba ausente, creíase Miquis privado de algo necesario á su existencia. Hacía elogios de su destreza, de su puntualidad, de su adhesión, y los vituperios de por la mañana eran á la tarde alabanzas sin término.

—Bien, bien, Felipe: te portas. Todo lo haces bien. Así me gusta. Si me muriera, te nombraría mi heredero; pero no me moriré... Eres un sabio y debías llamarte Aristóteles.

Y desde esta ocasión no le nombraba de otro modo. Á cada momento se oía: «Aristóteles, dame agua con azúcar... Aristóteles, frótame un poquito aquí, á ver si se me pasa este dolor de la espalda.»

VI

—Aristóteles...