—Señor...

—¿Tienes dinero?

—¿Yo?... Como no me vuelva moneda...

—¿Pero de veras no hay nada? Busca bien. ¿No habrá algún duro trasconejado por ahí en cualquier rincón?

—¡Duros trasconejados!... Este hombre está viendo visiones... Nada, señor: no tiene más remedio que cambiar un billete.

Alejandro se calló y se puso á mirar al techo, con expresión de duda y pesadumbre. También Felipe miraba al cielo raso, creyendo por un momento que había en él nubarrones de billetes de Banco. Después de larga y tristísima pausa, dejó oír Alejandro, con lo más cavernoso de su voz broncófona, estas fúnebres palabras:

—No hay billetes.

Lo que, oído por Aristóteles, púsole en gran confusión, pues el día anterior había recibido su amo, en letra del Giro Mutuo que le cobró un su amigo empleado en el Ministerio, treinta duros cabales. ¿Á dónde habían ido á parar? El filósofo, movido de un prurito indagatorio y correccional que apuntaba en su alma, adiestrada en aquella vida de iniciativa, se aventuró á preguntar á su amo por el paradero de los billetes. Alejandro, con expansiva y noble confianza, estuvo á punto de satisfacer la curiosidad de su secretario peripatético... Pero no tenía ganas de conversación; estaba sombrío, abatidísimo, y sólo pudo murmurar:

—Anoche...

Felipe echó sus miradas al suelo, y parecía que las pisoteaba. «Anoche... ya...» Era una desesperación vivir en tan gran desarreglo y no poder contar con nada, por la liberalidad furibunda de aquel pobre loco. Allí no estaba seguro ni el triste pedazo de pan de cada día, porque á lo mejor arramblaba por él el primer advenedizo. ¿Y qué iban á comer aquel día? No había nada, ni un ochavo en metálico ni en especie. Era preciso traer azúcar, chocolate, leche, carne, medicinas, limón y otras menudencias. ¿Á quién pedir? ¡Si por milagro de Dios Omnipotente, don José Ido tuviese algo...!