Un rato después de aquel «anoche» que dijo Miquis, éste, tomando fuerzas, pudo expresarse así:
—Me quedaba un billete de cinco duros. Esta mañana, cuando fuiste á casa de la tiíta á llevarle la carta que mamá mandó dentro de la mía, sentí un gran alboroto... ¿Qué crees que era? Pues ese señor que vive en el cuarto número 6, ese que tiene prendería y ropa vieja... chico... no sabes qué escándalo le armó al pobre Ido. ¡Qué gritos! Las mujeres de ambos salieron al pasillo, y hubo lloros y desmayos. Todo porque Ido no le puede pagar á ese... creo que le llaman don Francisco Resplandor... unos dineros que le debe. Se pusieron como ropa de pascuas. De repente me veo entrar á don José. Los ojos se le saltaban de las órbitas; tenía el pescuezo un palmo más largo. Créelo, me causó miedo. Se me puso de rodillas y cruzó las manos; yo saqué mi billete...
Felipe no quiso oír más. Comprendía bien, demasiado bien lo que había pasado. Se representaba la luctuosa escena, cual si la hubiera visto. En esto estaban, cuando se oyó en la puerta la voz argentina y dulce:
—¿Dan ustedes su primiso?
—Adelante.
—Dice mi mamá que si le hacen el favor de prestarle un huevo...
—Lo que es hoy, hija, ni siquiera medio.
Al poco rato volvió:
—Dice mi mamá que si por casualidad tienen un pedazo de pan, ó bien cuatro cuartos.
—¡Ay! ¡pan, cuartos! los quisiéramos para nosotros.