Salió Felipe en busca de Cirila. En el pasillo vió un fantasma siniestro paseando de largo á largo. Era don José Ido del Sagrario, que vagaba, cual ánima del otro mundo. Creeríase que su cuerpo impalpable era llevado y traído por el viento, sin ruido, en la longitud obscura de aquel túnel, y que sus pantuflas de orillo resbalaban sobre el piso, silenciosas, como patines de lana sobre hielo de algodón... Felipe nada le dijo, y entró en la cocina buscando á Cirila... Estaba apagado el hogar, todo en desorden. Cirila, sentada en el suelo, entre revueltos montones de ropa vieja, descosía algunas prendas para aprovechar los pedazos buenos.

—Estoy con media onza de chocolate crudo que me dió doña Ángela Resplandor. Si tú no traes hoy carbón, tu amo lo pasará mal. Él tiene la culpa.

Felipe le preguntó si tenía por casualidad algunos ochavitos morunos, ó bien algo que empeñar.

—¿Yo? Á buena parte vienes. Si no fuera porque doña Ángela me ha dado esta tarea, ofreciendo pagarme con la comida, en su casa, no sé qué sería de mí. En otra como ésta no me he visto. Yo sé bien quién me ha traído á estos andares... esa, esa...

Soltó Cirila, una tras otra, varias palabras no bien sonantes; y como Centeno le pidiera explicaciones, no se mordió ella la lengua para decir:

—Me tiene ya hasta los pelos. Anoche vino, y en un dos por tres limpió á tu amo. Ya se ve... nada le basta. El otro no le da nada: vive á su costa... Estoy quemada, Felipe; estoy requemada, frita, estofada y vuelta á freir... Vete por ahí y pide, pide hasta que encuentres. No tengo costumbre, no, de verme tan montada al aire. ¡Y todo por esa serpentona!...

Felipe no perdía el tiempo en comentarios. Las necesidades apretaban, y era menester tomar determinaciones, buscar, revolver el mundo, y allegar dinero. Su amo le dijo: «Échate á la calle, corre... pide. ¿Á quién? Tú sabrás, Aristóteles. Arréglatelas como puedas... ¡Ay, Dios mío!... Así no se puede vivir... Me muero, Flip, me muero si no veo esta noche duros y pesetas... Es cosa tremenda esto del dinero... Á mí, créelo, me resucita... Vete por ahí, chico, y no vuelvas con las manos vacías. Yo me quedo aquí solo: no me importa, solito, pensando una escena, ¡qué escena! Luego te la contaré. Es tan hermosa, que yo mismo me admiro de que se me haya ocurrido... Adiós: buena suerte. Ven pronto.»

En la escalera encontró Centeno á Rosa que subía fatigadísima. Sus mejillas pálidas, sus ojos tristes decían: «hoy no ha entrado nada por esta boca de donde salen tantas palabras;» pero su apetito de charla podía más que la necesidad, y si Felipe no llevara prisa, allí me le tendría media hora, dándole matraca.

—Vengo de casa de unas amigas de mamá... Han ido de campo... ¿Y tú á dónde vas?... Papá está como los locos, dando vueltas. ¡Ay, cómo se quedará cuando me vea entrar con las manos vacías!... ¡Pobrecito! dice que si cae el Ministerio le colocarán... Lo que es yo no subo. Aquí me estoy, á ver si pasa un alma caritativa... ¡Ah!... se me olvidaba. Anoche, cuando tú saliste, estuvo la chubasca... ¡Qué guapetona venía! ¿Tú no la has visto llorar? Yo sí... Don Alejandro la consoló con un papel verde. Después ella y la señá Cirila regañaron por el papel verde. Se dijeron cosas puercas y de más eres tú. Mamá salió á la puerta, y se persignaba oyéndolas. Dice que las dos son un buen par de chubascas... Si no las aparta la mujer de Resplandor, se arrancan los pelos... ¡Ay, qué comedia! ¡Lo que te perdiste!...

En la calle, corrió Felipe largo trecho sin dirección determinada. No sabía á dónde iba, ni á qué parte del Universo encaminar su actividad buscadora y pedigüeña. En los señoritos de la casa de doña Virginia no había que pensar, porque dos días antes, cansados ya de tanta socaliña, le habían dicho que no volviera á parecer por allí... ¿Don Pedro Polo? Esta era la única esperanza. Felipe, recordando la buena suerte de aquel famoso día, confiaba en la repetición de ella. ¡Qué error! Recibióle el capellán con malísimos modos. Notó Centeno en él mudanza y desfiguración muy grandes. Parecía enfermo, desalentado y con cierto extravío en sus ideas. Su color era ya de puro bronce oxidado, verde, como el de un busto romano que ha estado siglos debajo de tierra. Lo blanco de sus ojos amarilleaba. Temblábale la voz, pulverizando saliva al hablar. La ola de su cólera, estrellándose en los morados labios, salpicaba al oyente. Al desorden de la persona del extremeño, añadió la observación de Felipe un singular desbarajuste en toda la casa. Doña Claudia estaba en la cama; su hija en la iglesia aunque no era hora ni de dormir ni de rezar. En todos los aposentos, el abandono y el desaseo indicaban que allí había causas hondas de malestar y perturbación. Entró de súbito Marcelina, y don Pedro y ella empezaron á disputar. ¡Jesús, qué cosas le dijo el bendito capellán! ¿Se había vuelto carretero? Marcelina, iracunda y biliosa, no demostraba gran humildad. Después... ¡oh! después, don Pedro dijo al insigne Aristóteles que se pusiera inmediatamente en la calle, si no quería ir rodando por la escalera ó volar por un balcón.