Salió más ligero que el viento. ¿Á dónde iría, Santo Dios, con su dolorosísima cuita? ¿Recurriría á don Florencio Morales?... Imposible. Morales le había echado los tiempos la semana anterior. ¿Y Ruiz? ¡nombre sin sentido en las páginas de la generosidad!... Además, estaba muy soplado con el éxito de su comedia y no hacía caso de nadie.

Divagó Centeno por las calles, pensando y repensando en lo que hacer debía. ¡Pedir! ¿á quién? Todas las puertas, todas, estaban cerradas, y la Providencia se había tapado los oídos. Dios, ceñudo, volvía la espalda infinita mirando á otra parte de las tribulaciones humanas.

En un momento de desesperación, hostigado Aristóteles por el malestar de su amo, por sus propias necesidades y por el devorador apetito que sentía, pues no era cuerpo de santo el suyo, ni mucho menos, fué asaltado de una idea terrible... Iba sin sosiego de una acera á otra de la calle, mirando con ojos de codicia y recelo á una tienda que en su puerta misma ostentaba panecillos, y debajo una cesta de huevos. Él se atrevía, sí... atreveríase á pasar corriendo y coger, como al vuelo, un panecillo y llevárselo sin que le vieran... se atrevía también á volver y arrebatar dos huevos con ejemplar ligereza. La mujer de la tienda estaba dentro entretenida en conversación con diversas personas, y los que pasaban por la calle iban distraídos, ó pensando en sus propias cuitas. Sólo un zapatero, situado en el portal de enfrente, podía ser testigo... Pero el zapatero no vería nada... ¡Ánimo!

Pasó Felipe con rápida carrera, en la cual la velocidad constituía el disimulo; pero sus dedos, que casi tocaron el pan, no se atrevieron á cogerlo. «No sirvo, no sirvo para esto,» pensaba, y sudor muy frío corría por su frente. Después pensó de esta manera:

«No cogeré el pan, que es para mí... Pero los huevos, que son para dar de comer á mi amo, sí los cogeré.»

Pasó decidido; pero tampoco en aquella segunda prueba pudo hacerlo... Nada: cuando iba á tocar el codiciado objeto, lo dejaba en su sitio.

Desesperado de sí propio y con la mente trastornada, echó á correr por aquellas calles sin saber á dónde iba. Su amo no se le apartaba del pensamiento. Se lo imaginaba dando las boqueadas, no por la fuerza de la enfermedad, sino por falta de alimento... Deteníase Felipe, resuelto á volver á la tienda de huevos y panecillos; pero á los pocos pasos se alejaba otra vez, corriendo en dirección contraria.

De este modo llegó á la calle de Alcalá, que por ser tarde de Toros estaba animadísima. Era la hora del regreso: el cielo se obscurecía; la multitud se apiñaba; rodaban miles de coches de diferentes formas, y se veían ya algunos faroles encendidos. ¡Bullicio de fiesta y alegría, vértigo de infinitas ruedas laminando el lodo, y de infinitos pies pulverizando el granito de las baldosas! Cortaba Felipe la masa de gente, andando en dirección contraria. Sus codos funcionaban como las aletas de un pez... Allí fué donde se le ocurrió esta otra idea que podía salvarle: si todas las personas que por la calle subían le dieran la centésima parte de un ochavo, tendría lo que necesitaba. Infundióle este descubrimiento grandísima alegría, y siguió bajando hasta llegar á la Cibeles.

La noche avanzaba, seria y cariñosa, y cada vez se veían más faroles con luz. El farolero corría de candelabro en candelabro, y metiendo su palo largo en cada farol, iba estrellando el suelo de Madrid. En Recoletos, las luces reverdeaban entre los árboles, y de los macizos emanaba tibieza húmeda y fragancia de minutisas. Por la acera venía mucha gente elegante, pollas y galanes, señores con gabán, damas de sombrero. «Esta es la mía,» pensó Felipe, y echó una mirada á su propio traje para cerciorarse de que era adecuado al papel que iba á desempeñar. ¡Á maravilla! Otro más derrotado no había por aquellos contornos. Empezó Felipe su postulación con plañideras exclamaciones. ¡María Santísima, qué cosas decía! Tenía á su madre baldada en cama, y á su padre le había cogido un carro y le había partido por la mitad. Ochavos y cuartos caían en sus manos, y él, animado por el éxito, más plañía cada vez, y más pegajoso y molesto á las personas seguía, sin darles respiro, y machacando, machacando, hasta que soltaban la limosna. Era implacable.

Recoletos y la calle de Alcalá se despejaban. Era ya de noche, y pasaban menos coches y menos señores.