Frente á la Inspección de Milicias vió Felipe un espectro que iba como llevado por el viento, de árbol en árbol. La cabeza caíale sobre el pecho, cual si estuviera colgada de un gancho, que tal parecía el cuello, y llevaba las manos sepultadas en los bolsillos. Cuando Felipe dijo: «Don José, señor don José», detúvose, y empleó un mediano rato en enderezar la cabeza. Daba miedo verle; pero Felipe, no lo podía remediar, se echó á reir.
—¡Qué vergüenza, qué bochorno!—murmuró Ido, cual si confiara un secreto.—Felipe, nunca habría creído llegar á lo que he llegado esta tarde. No verás lágrimas en mi cara, aunque he derramado muchas, porque el ardor de la vergüenza las ha secado... ¡Ay! hijo, ¿qué dirás si te lo cuento?... Pero no dirás sino que soy un mártir, y que iré derechito al Cielo cuando me muera... Salí de casa desesperado, loco; no sabía á dónde volver los ojos. Todas las puertas cerradas... Me vine por estos paseos. ¡Oh! si no tuviera familia, el estanque chinesco del Retiro me hubiera visto esta tarde en sus profundidades... Pero francamente, naturalmente, tengo hijos, ¡ay!... Y que me digan á mí que esto es un país, que esto es un pueblo civilizado. Felipe, ¿sabes lo que he visto?... Si te lo digo, te horrorizarás, y te temblarán las carnes.
—¿Qué?
—Pues he visto en esa Castellana pasar por delante de mí, en sus soberbios coches, á muchos personajes, á dos ó tres ministros, á más de cincuenta diputados...
Don José no pudo seguir. Espiró en su reseca garganta la voz, convertida en un sollozo inmenso, trágico. Aristóteles, sobrecogido de pavor, no sabía qué pensar.
—¿Y qué?
—¡Que á todos esos les enseñé yo á escribir!—exclamó Ido prorrumpiendo en lágrimas que se apresuró á recoger en su pañuelo.
Felipe callaba. El otro seguía sollozando.
—Sí, hijo. Yo enseñé á escribir... Yo estuve seis años en el colegio de Masarnau, y allí, todos esos fueron mis discípulos, y otros muchos á quienes no he visto esta tarde... ¡Por mí saben coger la pluma en la mano, y de aquellos palotes míos salieron estas firmas, y este poder, y estos coches, y toda la grandeza de la Nación! ¡Oh, Dios, Dios, Dios!... Pero Dios lo quiere así, suframos y aguantemos; que en la otra vida, hijo, tendré mi premio. Esa es mi confianza, ese mi consuelo. Yo lo digo á Nicanora, y Nicanora, que es una pólvora, se impacienta y me dice: «si tan largo me lo fías...» Pues bien: volviendo á mi vergüenza, te diré en confianza que esta tarde... ¡Qué barbaridad, chico! No lo creerás, pero es cierto: la necesidad me ha obligado á ello. ¡He pedido limosna!
—¡Jesús!