—Aún estoy espantado de mí mismo... ¿Pero qué había de hacer? Yo dije: «¡que el Señor me lo tome en cuenta!...» Habías de oirme. En estos casos, hijo, es preciso exagerar algo. Yo decía que tengo diez hijos... Y mucho de la Virgen del Carmen le acompañe, etc.. ¡Que no me vea en otra, Señor! Y no he dejado de tener suerte, Felipe... Sólo me faltan cuatro cuartos para los seis reales.

—Tómelos,—dijo Felipe, espléndido, haciendo sonar su bolsillo lleno de calderilla.

—Gracias... ¿Estás rico?

—Tal cual... He cobrado un pico que me debían.

—Tú tienes suerte. En mi vida he podido cobrar nada de lo que me deben.

—Porque no tiene usted carácter, don José. Vámonos á casa, que por esta noche...

—Sí, por esta noche nos hemos remediado. No te des por entendido con Nicanora, que es muy apersonada, y siempre se acuerda de que su abuelo fué caballerizo de la Reina. Le diré también que he cobrado un piquillo...

VII

Cuando volvieron á la casa, ambos estaban satisfechos de sí mismos. Cada cual en su vivienda atendió á sus urgentes necesidades. Á Miquis le habían acompañado por la tarde Rosita y su muñeca. Cirila entraba de vez en cuando para preguntar al enfermo si se le ofrecía algo; y como los sentimientos caritativos no están excluidos en absoluto de ninguna persona humana, la que respondía al nombre de Cirila tuvo, en aquel día de escasez, decaimientos de su rigor característico; quiero decir, que se desmintió á sí propia, descolgándose, como suele decirse en modo vulgar, con una taza de caldo y otras frioleras, traídas de la bien provista cocina de Resplandor. Véase por dónde no hay maldad completa, ni seres homogéneos y redondeados como piezas que acaban de salir de manos del tornero. Aquel Miquis, optimista furibundo que á todos aplicaba la medida de sus propios sentimientos, tuvo arranques de gratitud tales, que de ellos á la apoteosis no había más que un paso. «¡Qué buena es esta mujer!—decía.—Ese maldito Aristóteles, que de todo piensa mal, no comprende su mérito.»

Por la noche le dió una fuerte congoja. Iniciado aquel síntoma algunos días antes, no se había presentado aún de manera tan grave. Era realmente como un simulacro de agonía... El aliento le faltaba. ¿No había aire en el cuarto? Las doloridas cavidades de su pecho se contraían con ansioso esfuerzo, anhelando funcionar, sin conseguirlo. La atmósfera se detenía en su boca, y dentro del tronco, fugaces sensaciones de cuerpos extraños atravesados le producían malestar dolorosísimo. No podía hablar: sólo podía quejarse; y cuando su breve aliento le concedía el goce de un par de palabras, era para extraer alguna idea del inagotable depósito de su bendito optimismo, que en él hacía las veces de vida, las veces también de la salud ausente.