—La suerte es...—murmuraba como quien espira,—la suerte es que esto no vale nada, según dice Moreno. Es la resolución de un fuerte catarro... También consiste mi ahogo en que no hay aire en la habitación. Aristo... dame aire, hijo, aire.
Á tan penosos trances seguía un estado comático, en el cual, si sus sentidos estaban desacordes, descansaban sus pulmones, funcionando con relativa facilidad. Faltábale en absoluto la palabra; disfrutaba de la vista y oído; sus percepciones eran vivaces, aunque falsas; sus ideas, las ideas de todos los momentos de su vida, pero engrandecidas por un sentido hiperbólico, deformadas por la amplificación romántica; sus imágenes las reales, pero coloridas de vigorosas tintas, todo metafórico y trasladado á los patrones del ensueño, conservando, no obstante, sus originales elementos de verdad. Sus entreabiertos párpados daban paso á un mirar vago, soñoliento; veía claramente la habitación, grande, riquísima, llena de luz y alegría, con gallardas columnas de pórfido, techo á lo pompeyano, pavimento de lustrosos mármoles de colores. Por la gran ventana del fondo, que daba á una desahogada logia, se veían techumbres, cúpulas, miradores y campanarios; en el fondo, el Vesubio con su cima humeante y sus laderas de negra lava. Pebetero del cielo exhalaba aromas de poesía, perfumando el espacio y la mar, desde las costas Mauritanas hasta las de Provenza. El Tirreno y el Adriático se llenaban también de aquella emanación hermosa, y á lo lejos humareda semejante á una nube anunciaba el Mongibelo. ¡Qué cielo azul, y qué mar, más propio de tritones que de barcos! Blancas velas brillaban en su inmensidad cerúlea, renovando en su elegante ligereza los ramilletes con alas, los pájaros nadantes y los peces emplumados de la fantasía calderoniana. Eran las galeras del Buque que volvían cargadas de despojos de venecianos y de orientales riquezas...
La lujosa estancia estuvo desierta hasta que entró una mujer. ¡Qué guapa!... Morena, de gentil presencia, ojos garzos. Sus miradas eran lenguaje obscuro para el que no entendiese de amor apasionado y febricitante; no tenían sentido sino para quien supiera mirar del mismo modo, y tener algo de inmortalidad que llevar del alma á los ojos; eran miradas en que centelleaba ese fulgor divino, que dejaría de serlo si pudieran verlo los topos... Iba vestida la tal señora, no al uso napolitano ni al oriental, ni con la abigarrada pompa croata ó albanesa, sino á la moda de Madrid de 1864, y con afectada elegancia... ¡Qué bien la vió Alejandro, y qué claramente comprendía su situación!... Era la Escena Undécima del acto cuarto. El Virrey acababa de ser preso por los emisarios secretos del Duque de Uceda. Aquel excelso ambicioso que había tenido el sueño sublime de alzarse con el reino de Nápoles, de domar á Venecia, de conquistar y unificar todas las tierras de la hermosa Italia, anticipándose en dos siglos y medio á los planes de Cavour, había sido vendido por los mismos que le ayudaron. Bedmar, su cómplice en Venecia, retrocedía espantado; don Pedro de Toledo, Gobernador de Milán, le denunciaba á la corte de España; ésta enviaba al Cardenal Borja para hacerse cargo del mando, y exoneraba al Grande Osuna, cargándole de cadenas para llevarle á España como reo de lesa Majestad. Sólo era fiel el bromista Quevedo. Piel era también la Carniola.
En la Escena Undécima, Catalina entra en requerimiento del Duque; ha oído ruido de voces y armas, viene aterrada y pavorida, presagiando desdichas... Dice con admirable calor los versos:
¿Dónde iré de esta suerte,
tropezando en la sombra de mi muerte?
Va de un lado á otro de la escena, combatida de contrarios pensamientos. Quiere matarse, quiere seguir al Duque... También ella sueña locamente despierta, y por momentos se ha creído próxima á ser Reina y señora de la Italia toda. Guarda interesantes papeles del Virrey, en los cuales está toda la máquina de la conjuración. Rara vez hay trama teatral sin un paquete de documentos en que está la clave del enredo, y de estos papelitos, si son ó no descubiertos, depende que los personajes se salven ó se pierdan. El nudo de toda combinación dramática está en salvar á alguien. Este sistema ya interesa poco y ha pasado á las óperas.
Alejandro ve á la Tal indecisa, expresando su perplejidad en resonantes versos. Lo particular es que ella le mira á él; le mira, sí, con lástima profunda, y sus ojos parece que arrojan toda la compasión necesaria al consuelo del género humano, por siglos de siglos. Se acerca á su lecho, le mira más de cerca. Él no puede moverse, ni decir nada. ¡Oh! si pudiera, le diría dos ó tres endecasílabos de poética elocuencia. Por el fondo de la habitación, ve Alejandro discurrir inquieto á su secretario el gran Quevedo, que también se llama Aristóteles, Centeno, Flip. El secretario no chista, y prepara en silencio una cocinilla de latón... En tanto la Carniola, después de mirar al poeta con dulcísima piedad, tira del cajón de la mesa que está junto á la cama, y examina con atento estudio lo que hay dentro. No hay nada: recetas, algún botecillo, dos ó tres piezas de cobre. Ciérralo, y vuelve á mirar á su Duque. Éste la ve alejarse. Es el ideal, que le ha visitado en mortal carne un momento, y después se desvanece, dejándole consolado. Desde la puerta le mira otra vez con la misma lástima, con el mismo sentimiento de amor inefable... ¡Adiós!
Quevedo sale con ella al pasillo, y secretean las siguientes palabras:
—Dice el médico que en una de éstas se quedará. Si le dan tres ó cuatro congojas más, no las resiste.