Por las mejillas del gracioso Quevedo corrían lágrimas, y la Carniola, la hermosura ideal, dió un gran suspiro. Cirila hubo de llegar en el mismo instante, y ambas entraron en la cocina, donde la ideal buscó y halló al fin una silla rota en qué sentarse. Estaba cansada: ¡qué escalera!
—¡Pobrecito!—murmuró.—¡Parte el corazón verle!
—Si tira una semana, será mucho tirar.
—Lástima de chico... ¡es tan bueno!... es un alma de Dios...
—Hija, qué le vamos á hacer... La voluntad de Dios....
—Tanto pillo con salud, y este pobrecito ángel...
—¡Qué guapa estás!...—exclamó de improviso Cirila, ávida de hablar de otra cosa.—¿Vas á los Campos?
La Tal hizo un mohín de disgusto...
Luego empezaron á disputar sobre cuál de las dos debía, dar á la otra ciertas cantidades. Felipe oyó desde el pasillo estas cláusulas: «Tú me prometiste para hoy... Esto no se puede aguantar... Tú á mí... ¿Pero ese hombre?... ¿Has visto al Duque?... Está tronado... Todo me lo juega... Es un perdido... Estoy abochornada.»
En tanto el enfermo, pasado un rato de turbación, se daba cuenta de la salida de su gallarda heroína. Ya sabía él dónde estaba. Había ido á recoger los famosos papeles de la conjuración... pero ¡qué terrible lance! se los había sustraído bonitamente el traidor veneciano, Barbarigo... El Duque estaba perdido, más que perdido. Puesto ya en este trabajo de rumiar su obra, repitió Miquis clara y distintamente todo el trágico final de ella.