Cuando Monsalud estaba libre del servicio iba a buscar a Bragas, el cual limpiaba una tras otra las amarillentas plumas, guardándolas en el cajón con tanto cuidado como guarda un cirujano sus instrumentos; se quitaba después los manguitos negros, se desperezaba, y tomando con la diestra mano el sombrero, y despidiéndose con la zurda de don Gil Carrascosa, jefe de la oficina, salía a la calle. Ambos jóvenes dirigían sus pasos por lugares no muy concurridos, bajando frecuentemente al campo del Moro, a la Virgen del Puerto, o bien se lanzaban intrépidos a las ondas de polvo del cerrillo de San Blas, o de la vuelta exterior del Retiro.

Un día, que debió de ser allá por los últimos de mayo de 1813, Bragas y Monsalud hablaron de esta manera:

—Amigo Juan Bragas, estoy de enhorabuena porque al fin voy a dejar este maldito pueblo que aborrezco. Los franceses se retiran mañana y yo con ellos.

—¿A Francia?

—O por el camino de Francia, al menos —añadió Monsalud—, con lo cual dicho se está que pasaré por la Puebla de Arganzón, nuestra querida villa. Anímate, Juan... Ya me parece que estoy entrando por la calle Real; que me acerco a mi casa sin que mi madre lo sospeche; ya me parece que llego, empujo la puerta, y me presento dando gritos y porrazos. A mi madre se le cae la calceta de la mano, corre a echarse en mis brazos, y la aguja de media que lleva sobre la oreja, se me clava en la frente... El corazón me baila en el pecho, amigo Bragas, cuando tales cosas pienso.

—De veras te digo que pareces cómico —dijo Bragas riendo—. ¡Qué bien sabes fingir y representar una cosa que no es verdad!

—Y luego —añadió Monsalud—, saldré de mi casa, y paso a paso iré junto a Nuestra Señora de la Asunción, a cuya plazoleta caen las ventanas de Generosa, y arrojaré una chinita a los vidrios...

—Para que se asome Jenara con su pañuelo encarnado sobre los hombros... La pícara, ¡qué guapa es! —afirmó Bragas—. Me parece que la estoy mirando, cuando bailaba contigo en casa del maestro Rondaña. Salvador, ¿te acuerdas de aquel lunarcito que tiene sobre el rincón derecho de la boca? ¡Santa Virgen, qué rinconcito!

—Para retirarse a él y decir: «Ya no quiero más mundo.»

—¿Pues y aquel modo de mirar, y aquel reconcomio de ángeles divinos, cuando se menea, o alza los hombros, o le da a uno las buenas tardes? Paréceme que la oigo: «Buenas tardes, Braguitas, ¿has visto en las eras a Salvador Monsalud?»