—¡Ay, amigo! —exclamó el joven soldado dando un suspiro—. ¡Cuando uno piensa que ha tenido todo eso y todo eso ha perdido!...
—¡Miren el Juan Lanas! Valiente hombre tenemos aquí —dijo el de la covachuela mofándose de la sensibilidad un tanto exagerada de su amigo—. Échate a llorar, ponte flaco y amarillo, y echa suspiritos al aire por una mujer, por un lunar bien puesto encima de una boquirrita. Mira, Monsalud, si tú eres necio, yo no lo soy. Ya te lo he dicho varias veces: las mujeres para un rato, y nada más. Mucho de te quiero y te adoro; pero después... puntapié. Eso de llorar y entristecerse, decir palabrotas y quererse morir por una de tantas, es propio de bobos.
—Tú no sabes lo que es el amor, Juan Bragas —dijo el soldado—, o mejor dicho, crees que viene a ser algo semejante a un plato de estofado.
—Ni más ni menos. Un plato de estofado repugna después de haber comido... Por consiguiente, no te acuerdes más de la Generosa, que a buen seguro ella se acuerda de ti como de las nubes de antaño. Los paisanos que llegaron el otro día me dijeron que se iba a casar con el hijo de don Fernando Garrote, el cual tiene más dinero que pesáis tú y Generosa juntos.
—¡Con el hijo de don Fernando Garrote, con Carlitos Garrote! —murmuró Monsalud palideciendo—. Juan Bragas, si vuelves a decir eso delante de mí, te cojo y... vamos, te cojo y te ahorco de un árbol.
—¡Piedad, señor mío! —dijo Bragas deteniéndose ante su amigo y haciendo grotescos gestos—. Está usted enamorado, o lo que es lo mismo, imbécil, y los imbéciles suelen ser graciosos.
—Bragas, eres una bestia —dijo el soldado—. Para ti no hay más vida que el forraje que te echan todos los días en casa de tu patrón, don Mauro Requejo. Siento tener por amigo una bestia; pero, en fin, eres un buen muchacho: tu solo defecto es que coceas de vez en cuando.
—Pero jamás he llevado sobre mí la albarda del enamoramiento. Ven acá, hombre sin seso, ¿de quién estás enamorado? De Generosa. ¿La ves acaso? ¿No está a cien leguas de donde tú estás? ¿No te dijo su abuelo que jamás casarías con ella por ser tú un triste pelón y tener tus arcas rasas, lisas y mondas como fondo de mortero de piedra? De modo que estás queriendo a una sombra, a un imposible, a una ilusión, a una telaraña: justo, esa es la palabra, a una telaraña.
—Juan —repuso Monsalud—, al oírte me confirmo en que eres un saco de carne, con dos agujeros que llaman ojos, para ver lo que se le pone delante, y boca y barriga para comer y llenarse de bazofia todos los días. Cada hombre tiene su destino en el mundo: el tuyo ya sabemos cuál es.
—Y el tuyo lo veo yo clarito también: holgazanear, mirar a las estrellas cuando las hay, taconear por las calles para llamar la atención de las costureras que pasan, no tener que comer, y ser toda la vida un señoritico cañihueco y hambrón.