—Pues mira, a veces se me ha ocurrido, amigo Bragas, que yo sería mucho más feliz si fuese como tú, es decir, un saco con sentidos. Pienso muchas veces en mi porvenir y digo: «Quién sabe, ¡vive Dios!, si esto que pienso será una mentira, una cosa vana y disparatada.» Todos los jóvenes hacemos nuestros cálculos para lo porvenir, Juan, y los míos son un poco extraños y fuera de lo común. A mí se me ha puesto en la cabeza que para levantarse todos los días, comer, dormir la siesta, pasear, cenar y meterse en la cama, no valía la pena de que hubiésemos nacido. Más vale ser un puñado de polvo que los vientos se llevan y desparraman por todas partes. O yo no he de valer nada, o he de vivir de otra manera. Soy un ignorante; sé poco de las cosas del mundo; mas por lo poco que sé, comprendo que hay muchos trabajos admirables en que el hombre se puede emplear. Digan lo que quieran, el mundo no marcha bien.

—Pues yo creo que marcha admirablemente —dijo Bragas riendo—. ¿También quieres enmendar la obra de Dios?

—No digo tal: quiero decir que esto no va bien; no sé si me explico. Si tú tuvieras siquiera un pedazo de alma, tendrías las inquietudes y los deseos que yo tengo, y estarías enamorado como yo lo estoy. Es un padecimiento; pero no puedes formarte idea de que se te quita este padecimiento, sino haciéndote cargo de que estás muerto. Vivir curado del mal de amores es cosa que la mente no puede concebir, Braguitas.

—Dime, Salvador —indicó el covachuelo con ademán festivo—, ¿piensas seguir así?... Te juro que vas a hacer bonitísima carrera. Por ese camino de los amorosos sufrimientos y del suspirar y escupir sangre se va a general en poco tiempo.

—¿Y quién te ha dicho que yo quiero ser general en dos palotadas?... Lo que digo es que yo seré alguna cosa que meta ruido.

—Siendo militar y tambor, en efecto, puedes meter mucho ruido.

—Allá lo veremos... ¿Y tú qué piensas ser?

—¿Yo? Dificilillo es anunciarlo desde ahora, señor Monsalud; pero no me quedaré de monago. Sepa usía que en el fondo de mi baúl tengo siete duros.

—¿Y qué haces que no pones un buen comercio o un segundo Banco de San Carlos?

—Por poco se empieza. Yo sacaré el pie del lodo, señor Monsalud. Y no me pidas prestados los siete duros, porque más fácil será que saques un alma del infierno que sacar mis soles del fondo del arca donde los guardo. Como no me he de enamorar, ni siento comezón de echarme vinagrillo de los Siete Ladrones en el pañuelo, allí se estarán hasta que vayan otros tantos a hacerles compañía. Con que perdone por Dios, hermano, que no tenemos suelto.